Sánguche de Malaya a la hora de once

La prolongación del horario de verano tiene una cosa buena: entre la llegada a la casa y la hora de dormir hay suficiente tiempo como para tomar once. No sólo comer.

El sánguche de la hora de once tiene, como el de desayuno, obligaciones distintas que uno de almuerzo. No tiene que saciar un hambre mayúscula, tiene que hacer pareja con una taza de té o café, no es necesario que abunde en ingredientes, pero sí debe ser fresco. Pan de la tarde, que cruja. Si ya está calentito, estamos a las puertas de un momento derechamente emocionante.

En este tipo de sánguches, la rotisería chilena tiene tesoros escondidos. Lo sabemos bien quienes aprendimos que el queso y el fiambre se vende también por lonjas y no sólo por cuartos. Como toda buena rotisería tiene también un canastito con pan, está todo listo para el gran momento. Y eso lo aprendieron también nuestros vecinos de esta rotisería-almacén, que es tan de barrio como de lujo. Antes estuvo ahí la oficina de un tapicero con muy buenas cortinas. Comercio simple, pero sofisticado en su oferta y con una convicción profunda de hacer las cosas muy en serio. De los fiambres que mantienen a disposición, destaca la Bondiola, el lomo lasch, el queso de cabeza, el arrollado, el queso de sangre y la muy amistosa Malaya. Hay también quesos y ungüentos varios. La potencialidad del sánguche está ahí, latente y tentadora.

Pan con malaya, casi un sánguche de malaya

Por $1000 nos llevamos este lindo sánguche de Malaya, con los agregados de un ají oro y chorrito de aceite de oliva (el Local Uno es una rotisería con clase), dentro de una marraqueta no sólo fresca, sino grande y feliz.

Marraquetita

Caminamos unos escasos metros hasta la casa y pusimos a hervir agüita. Pan y té. Buen pan, buen té. Una malaya cortada finita, rosada y de textura ideal para una once del verano tardío. ¿Por qué no tomamos más once? ¿Por qué no hemos entrado más a las rotiserías que hay en todos los barrios? Tenemos mucho qué aprender.