Apropiación cultural

En un mundo hecho de inmigrantes tenemos un pequeño espacio de comodidad -con nuestra lengua, unas pocas pertenencias, la indulgencia de ser entendido en una comunidad- y un mar ajeno, amplísimo, inabarcable de diferencias cuyo ruido impide las sutilezas.

¿Cómo no va a ser ofensivo, entonces, que venga alguien de otra comunidad a vestirse con nuestras ropas? ¿Cómo me pueden pedir que baile al ritmo de mis canciones si la voz cantante no tiene el acento de los míos? ¿Por qué iba yo a probar una versión innovadora de la comida que, por otra parte, es más bien el sabor de mi casa, mi infancia, mi memoria? Añadamos: sabemos exactamente quién es dominado y quién es dominador. Tenemos entonces un mapa fiel para estimar quién tiene derecho a una cierta cultura y quién está usando ilegítimamente sus privilegios y recursos para usurpar las pertenencias de los débiles.

Alto: ¿qué es la cultura, sino una apropiación? ¿Qué sería de la gastronomía sin apropiaciones y aprendizajes? ¿Existe -fuera de la imaginación de puristas, sensibles y fanáticos- la pureza cultural exenta de apropiaciones?

¿Por qué dejamos que esta idea prospere?

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Ambigüedad

En la canción This is The Last Time hay una línea en que el hombre que habla invita a la mujer a un encuentro secreto. Según algunas transcripciones, el gancho para la invitación es que tiene “Tylenon y cerveza”, aunque en otras lo que ofrece es “tiempo y nadie cerca”. ¿Cuál es la correcta? Las dos suenan bien, calzan con el sonido, tienen un sentido entre divertido y culposo.

Unos metros más allá de The National uno puede encontrar a Nick Cave. Voz grave, sonido que abarca adrenalina underground (¿te acuerdas cuando esa palabra quería decir algo bueno?) hasta un crooner en traje de caballero, pero es quizás una comparación que debe detenerse ahí. Hay textos y hechos en la biografía del australiano que es mejor considerar aislados. Me refiero a algunas canciones que conozco mejor, pero también estoy considerando las respuestas que Cave les entrega a las preguntas de sus fans (un hallazgo que debo agradecer a Claudio).

¿Cree en dios Nick Cave? ¿En los ángeles, cree? Aparentemente, no. Pero cuesta creerle cuando responde con genuino sentimiento a algunas preguntas. Las palabras y la redacción parecen cuidadosas, escogiendo las imágenes y hablando con honestidad. El título que usé apunta a que en casos de personas muy talentosas, a veces el lenguaje necesariamente apunta en varias direcciones simultáneamente. Hay formas de la religión, especialmente cuando son literarias, que están en el origen de las mejores historias y en la poesía. Yo no creo nada, pero puedo leer algunas declaraciones conteniendo la respiración y aceptar que lo mejor de las palabras es que no reflejan el mundo. No lo crean, tampoco. Puede que en su pequeñez tengan un testimonio parecido a una vela prendida en un apagón.

“Make her journey bright and pure”

Dichosa identidad

En pleno 2019 insistir en un blog merece una explicación. Referirse a un asunto minúsculo como el interés en los sánguches, curiosamente, es lo que menos justificación requiere. Después de todo, toda la internet de fines de esta década consiste en una nube de puntos de vista que, mirados con alguna distancia, no forman ninguna figura. Quizás la disciplina de la big data me contradiga, pero esas observaciones no tienen escala humana.

En fin, la explicación es esta: se escribe como desde un columpio que alternadamente nos acerca al objeto de nuestras identificaciones -la gastronomía popular de las ciudades, el pan, el orgullo de pertenecer a un grupo que pudo crear y reproducir una memoria de recetas- y luego de mirarlas demasiado rato, demasiado cerca, intensamente hasta confundirnos con ellas, aparece un espejismo que cansa la vista, le imprime una especie de negativo a la retina. Está bien alejarse de la identidad, de la fascinación narcisista con la forma que adquirimos de tanto observarnos. Para eso también sirve la escritura.

Rodrigo Pinto lo reseña de manera precisa en este textoen que revisa un libro de Castellanos Mora. Escritura de otro orden, de otro género. Un ejercicio que vale la pena:

“Es fácil imaginar la indignación que cundiría ante un libro que se burlara despiadadamente del vino chileno, de las empanadas, las universidades, el himno nacional, el puerto patrimonial, la torre Entel, las autopistas, los premios Nobel, la poesía, la marraqueta, los militares, los animadores de televisión, el cine, en fin, de todo aquello que suele asomar como orgullo nacional”.

Hamburguesas en cada esquina (4) – Castillo Hamburger

Este lugar es un genuino exponente de la entrada de la hamburguesa global hasta las mesas sangucheras de la capital de Chile. Lo es porque nada en Castillo Hamburger recuerda el estilo gringo que reconocemos entre deportivo, universitario, babyboomer o directamente fast food que ha hecho famosa a la hamburguesa. Es una casa ñuñoina con pinta de gran residencia del siglo pasado, una silueta de castillo que los dueños han usado como un rasgo más divertido que señorial y un patio con frutales y cama elástica.

Hamburguesa bien chilenizada de Castillo Hamburger: pan frica y no brioche, harta paltita y olorcito a ajo

Una publicación compartida de @sanguches el 2 de Dic de 2016 a la(s) 6:47 PST

Nadie podría confundirse respecto al entorno, pero una vez enfrentados a la comida es todavía más sencillo saber dónde estamos: la oferta está pensada con atención para un público criado con completos y churrascos. Aunque las papas fritas llegan en el canastito con papel similar a un diario, el aroma, el sonido y la textura del bocadillo no parecen una importación. Hagamos lo que anunciamos el post anterior:

PAN: usan frica con un sabor rápidamente reconocible, más salado que el brioche.

CARNE: la mezcla de carne lleva un toquecito de ajo, nos pareció.

VEGETALES: tomate y palta, por opción.

SALSAS: mayo (¿para qué decir “casera”, si la sola aclaración nos hace pensar en frascos y bolsas de productos infames?) para completar la fórmula italiana.

PAPAS FRITAS: correctas, cumplidoras, abren el apetito y son gorditas.

AMBIENTE: no podemos decir gran cosa del salón, pero la terraza recuerda más a un gran asado de familión -nos gusta mucho la palabra familión- que a una feria de diversiones, un servicentro o una fuente de soda (hay hamburgueserías que parecen todas esas cosas). Los adultos comen con afán mientras los niños corren entre juguetes que podrían ser los propios, saltan y seguramente piensan que están en un cumpleaños bien organizado en estas calles con dos apellidos cada una. Nada parecido a Chuck E Cheese, por cierto.

CARTA: acotada, bien concentrada, nos hizo pensar en una cocina donde las cosas se mantienen bajo control. Hay ensaladas y postres, entradas de picoteo y cervezas.

SABOR: en distintas visitas hay consistencia, buen sentido, mesura con la sal y una identidad reconocible.

Los Tres Antonios 397

Burger Tour: ¿en qué nos fijamos?

Comer es fácil. No requiere instrucciones, realmente. Pero al internarse por el circuito cada vez más visible de hamburgueserías es posible ir haciendo como unas señales para orientarse. Nada tan serio: un recordatorio sobre lo que nos va gustando, lo que se reitera de una visita a otra, lo que parece ser básico y luego lo que parece original.

Después de todo, la hamburguesa gringa se va expandiendo y, de a poco, aclimatando en la sanguchería local.

¿En qué nos hemos fijado?

PAN: el estándar es un pan brioche gringo, medio dulce, esponjoso y cubierto de pepitas de sésamo. Los hay más suaves y blandos, otros son más cascarudos. Liso por debajo, redondo por encima.

CARNE: la hamburguesa misma -llamada también “patty“- tiene que saber a carne. Si es muy delgada, es casi imposible, porque no acumula jugo. Si el lugar adhiere a la tendencia gourmet que ha impulsado a la hamburguesa a salir del fast food, entonces te dirán procedencia del producto y algo de la sazón. Acá aparece un gancho poderoso.

VEGETALES: Lechuga, siempre. Tomate, muchas veces. Cebolla, muchas veces cocinada y en salsa. Una ensaladilla dulce de repollo, el coleslaw, como guarnición.

SALSAS: mostazas, barbecue, ketchup, y muchas (así, MUCHAS) salsas secretas que aportan identidad cuando -los menos casos- son bien hechas. Otras tantas ideas se pierden en el conjunto. Llamativamente, usan muy poco ají.

PAPAS FRITAS: que el corte, que el color, que la doble fritura, que el aceite, que con/sin cáscara, que si camote/yuca/papa chilota. Se entiende que al pedir una hamburguesa DEBE venir una porción de papas, sin que sea preciso pedirlo. Cuando le han puesto cariño a este aspecto, es un gran paso. Si no es así, se parece al negocio del fast food.

AMBIENTE: ¿quieres sentirte en EE.UU.? ¿Algo con decoración hipster? ¿Hay que hacer fila, o las mesas son las de un restorán? ¿Familiar, laboral, taquilla, piola? Los lugares más canónicos parecen imitar la pinta de comida popular gringa, claro que a veces un poco de ingenio en la adaptación mejora el resultado.

CARTA: ¿breve y estándar? ¿amplia y ambiciosa? ¿Más sánguches o solo burgers? ¿Bebidas analcohólicas, cervezas? ¿Hay balance como para elegir combinaciones novedosas, como para pensar en volver otra vez?

SABOR: esto es el resumen de la famosa experiencia. ¿Se recuerda, se disfruta, sorprende? ¿Imita a otros o hay originalidad?

Tanta hamburguesa

Antes que el dominio de este blog caduque, es hora de espantar el letargo: estamos vivos, nos suenan las tripas, seguimos  la marcha, no nos fuimos.

Lo que no hemos hecho es escribir, pero sí que hemos paladeado el devenir sanguchero de Santiago, con un par de flashes de otros parajes. Es lo que testimonian los posteos de instagram.

¿Qué hay de novedoso para comentar? A nuestro juicio, una catarata global de hamburgueserías que ocupan el escaparate de novedades. Hay muchos ejemplares, hay ideas, también copias y sorpresas. Una buena manera de actualizar nuestro vocabulario es describir este circuito.

Con nuestro amigo @LaBifería nos propusimos hacer el tour santiaguino por estos sitios hamburgueseros. Sin mucho itinerario, sin marco conceptual. Para qué. Y como siempre ocurre, hemos encontrado algunas ideas. De tanto comer, uno se pone a conversar sobre la comida, las circunstancias. La curiosidad se hace selectiva y la perserverancia da hasta para comparar lo que hemos probado.

En los posteos que vienen les contaremos qué hemos probado, en qué nos fijamos, qué valoramos más.