barros boric

Chile es una larga historia en que hay varias temporadas. Estamos justo en el cierre de una y la sinópsis de otra. No de otro episodio: vienen nuevos personajes, otros conflictos, giros que no anticipamos del todo, nuevas personas a cargo del guión. Pero anoche ha ocurrido un pequeño momento en que queremos detenernos.

Es la noche de un sábado de verano en Santiago, los contagios suben aunque la vacunación también, y hace poco ha abierto renovada La Terraza en las inmediaciones de la plaza Italia (porque a lo mejor «Dignidad» no perdure, pero sin duda Baquedano se ha ido). Y en un gesto cuyo simbolismo no puede haber sido diseñado, el presidente electo va a comprar un sánguche para llevar. Fue con escolta y todo, pero es uno de esos momentos que remiten, desde la hora y la pinta, a un gesto fuera del cargo. Por más que sea un momento fundamentalmente privado, lo sabemos: en Chile los presidentes y los sánguches tienen una trayectoria y nos divierte que ese designio continúe.

Alguna vez, en la temporada anterior de nuestra historia nacional, nos preguntamos por qué el saliente mandatario no podía tener un sánguche propio y nos respondimos que la prueba del tiempo sería implacable. Que un sánguche podía ser muchas cosas, pero si nadie nunca vuelve a pedirlo en la vida cotidiana, la idea no pasaría de ser un anuncio vano. Otro de tantos. No era difícil acertar.

Pero esto podría ser diferente, pues Boric y La Terraza tienen mucho que ver. Más que la combinación de churrasco italiano con queso, el Barros Boric es un sánguche envuelto para llevar que sale de la cocina de una fuente de soda que, pese a todo, volvió a abrir donde era difícil hacerlo. Yo me fijo en estas cosas: Boric podría haber usado una app para pedir algo exactamente igual, pero lo que llamamos bajón acá es también el hambre de ir a ver gente, sentir el bullicio, elegir conversando con el personal, llegar con la mayo casera en buenas condiciones de vuelta. Tener arraigo se prueba en las urnas, pero también lo identificamos en esta cultura urbana y popular.

Un presidente -electo- que entra a una fuente de soda nos anuncia que la Antigua Fuente (Alemana) no va a morir pese a que los viernes cierra más temprano. Que para algunas personas no va a ser fácil confiar, pero que la sinopsis (o trailer, como dicen ustedes) de la nueva temporada incluye lugares que ya nos gustaban de la ciudad y del país que se acabó. Si vamos a inventar un nuevo país, por favor que en él haya fuentes de soda abiertas.

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