Un kiosko en San Fernando (colaboración de Cuncuno)

Cuncuno hizo la ilustración que identifica a sánguches y además ofreció colaborar con un texto. Es un amigo de la casa que tiene una extraña idea de cómo afrontar un bajón de hambre.

Bajoneo bucólico pastoril, por Cuncuno

Por mi condición de estudiante provinciano, la mayoría de los artículos de este blog se me presentan como vitrinas de cierto piso de diseño en un concurrido centro comercial. A menudo me he quejado con el administrador por no darle peso necesario a aquellos coléricos y poco salubres establecimientos que brotan en la capital (a excepción de un par de notables datos). Pero detrás de esta línea editorial veo una lógica razonable; lo que se come en estos locales suele ser una versión grotesca y mutante de las recetas originales, producto de ecuaciones capitalistas que intentan complacer cantidad y precio; a costa de calidad y en muchos casos, salud.

Pero no todo está perdido, existe un lugar en las afueras de Chile llamado “provincia”; en este caso me referiré específicamente a la comuna de San Fernando, mi lugar de origen y lavadora personal.

Corría un fin de semana un tanto agitado, creo que fue una noche previa a las últimas elecciones; como era de costumbre, la juventud sanfernandina consumía alcohol independiente de las más estrictas prohibiciones. Pasada la una de la mañana, la banda de turno comenzó a aburrir con un repertorio prehistórico y un par de peleas de bar gatillaron nuestra salida en busca de algo para comer y seguir conversando en el auto.

Fuera del concurrido bar, San Fernando parecía ser un desierto aún más deprimente de lo normal, y no encontrábamos alguno de los típicos sucuchos abiertos; los efectos de la marihuana en el chofer potenciaron una desesperada búsqueda de comida fuera del redil de seguridad que supone el casco viejo de la ciudad, para terminar adentrándonos en barrios más recientes; frutos de traslados de campamentos a mediados de la década pasada.

Después de perdernos entre la nieba y las calles carentes de señalización y planificación damera, una tímida luz titilante se nos presentó de golpe. El lugar se trataba de un humilde kiosco ampliado precariamente y atendido por dos señoras con la oferta regular de sánguches y completos, bebidas de origen alternativo y papas fritas.

La provincia ilustrada tiene algo para usted

Y he aquí donde se nos presentó el primer golpe: el precio. Un italiano de tamaño y proporciones más que regulares a $750. El resto de los precios seguían una lógica similar, pero después de tanta cerveza no quisimos ahondar en algo más ostentoso, independiente de lo económico que era.

Segundo golpe: la calidad. El pan era consistente y con una cantidad razonable de sal, la palta poseía su solidez habitual y el tomate sabía a tomate. Las vienesas eran bastante normales para un local de estas características. Mientras las señoras preparaban las órdenes, notamos que no recurrían al vil truco de hacer rendir la palta y los condimentos. Es más, la cantidad de palta era tal que una de las acompañantes pidió menos (para luego ser debidamente abucheada por el resto del grupo).

Mientras consumíamos al ritmo de la Radio Tropical Latina, conversamos con las señoras, quienes nos contaban cómo manejaban el negocio usando proveedores del mismo barrio, o incluso ingredientes de su propio huerto. Contaban que no buscaban hacerse millonarias vendiendo completos, pero la buena fama del kiosco lo mantenía con buenos dividendos, no teniedo que arriesgar a comprar ingredientes inconsistentes ni inventar monstruosidades de barrios universitarios. El comercio y la producción local mantenían al boliche en números verdes, atendiendo desde un patio trasero en una zona bastante poblada, sin comprometer la calidad. Así de simple.

El golpe final fue la expansión estomacal que pudo dejar un simple italiano de no más de 20 cms, cuando es preparado con la apropiada calidad y el cariño de las viejitas (que eran bastante simpáticas; el canábico chofer hasta bailó cumbia con una de ellas). No todo está perdido, señores; mientras el chileno no entienda que el dinero no es el fin ultimo en la vida y recurra a un sinnúmero de artimañas para conseguirlo y aspirar a modos de vida importados (ya sea en su versión yankee hiperconsumista o en la fantasía neo-socialista de alta costura). Un par de señoras nos enseñaron que un endeble kiosco perdido en la niebla hacía más que una cadena de comidas o el último boom de la gastronomía con turismo social. Porque el kiosco sabía lo que hacia, lo hacía bien y no pretendía ser otra cosa.

Identidad, simpleza y una lección de vida en un pequeño pero contundente italiano.

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9 comentarios sobre “Un kiosko en San Fernando (colaboración de Cuncuno)

  1. Buena anécdota, pero podrías haber puesto por último donde queda el local, ya que yo viajo a San Fernando siempre, y me gustaria probar que tal aquellos italianos hechos con amor.
    Saludos.

    1. Queda a mitad de camino entre la población san Juan y la centinela, en un caserío previo a los blocks, si vas para el poniente, mas o menos a la altura del cementerio, pasado unas 3 o 4 cuadras de la avenida de circunvalación. Nombres específicos no me preguntes, porque andábamos perdidos, pero si vas de noche vas a ver un buen numero de taxis y un viejo vendiendo lucazos en la esquina.

  2. Felicitaciones por el blog…

    El unico detalle: siendo tambien de REGION (no de “provincia”) cual es el afán de ver la comuna de origen como una “ciudad muerta”, a la que nadie debe volver porque se “pierde”?? (o esa es la sensación que queda de tu relato)

    Saludos!

  3. acabo de leer tu crónica y no dejo de acordarme de algo que me sucedió cuando comenzaba la inolvidable etapa universitaria, ésa etapa en la cual cada uno experimenta con su propio cuerpo las más avezadas hazañas “gastronómicas” de los metres sangucheros (en mi caso, V región.
    Entradas las primeras semanas de clases nos tocó nuestro primer trabajo grupal, mis primeros partner que tuve los hice comiendo sanguches en viña, y como ya había confianza nos lanzamos a la segunda instancia de amistad en la U, “hacer un trabajo juntos. pero el inconveniente era la locación, no era de Valpo, otro de Quilpué y yo de Quillota, asi que nos pusimos de acuerdo que mejor sería Valparaíso nuestro punto de encuentro por la cercanía al comercio y los insumos que necesitábamos para trabajar.
    nos reunimos en la mañana en el cerro Barón, pero a la hora de almuerzo empezó la diputa, el dueño de casa vivía en una pensión en la que no podía ocupar la cocina, pues su “plan” no cubría esa necesidad, lo único q teníamos a mano era un hervidor que apurado calentaba el agua par a2 cafés.
    Entonces decidimos aventurarnos por el cerro en búsqueda de algún sucucho que saciara nuestro refinado gusto.
    A la vuelta de la esquina estaba La picá del Pelícano, y en frente otro local que no tenía ni nombre. nuestro asombro fueron los precios completos en “el pelícano” a $250 y en frente a $280 ambos CON VASO DE JUGO!! Era increible. los de 250 estaban repletos de gente así que por 30 pesos no la pensamos mucho, cuando estabamos por recibir esa patada de mal sabor, tomate en polvo, mayonesa y palta irreconocibles una de la otra, ají en la botella del ketchup, y mostaza con semillas mas grandes que una chirimoya. Nos entregaron el santo grial de los completos del puerto; pan caliente completamente, vienesas de consistencia y color exquisita, y no pasadas de agua ni blancas como papel, tomate limachino, durito, cortado en prolijos cubos de nos 5 mm, palta recién molida, PURA PALTA! mayonesa, ketchup y mostaza a discreción, y fueron reconocidos como JB (q en el mundo de la picá del completo son como KRAFT, HEINZ, McCORMICK) y algo no despreciable eran las botellas de 2 litros de jugos ZUKO de por l menos 3 sabores que estaban sobre el mesón para saciar nuestra sed, que también era “bufett abierto”.
    Una maravilla.
    de ahí en adelante ése lugar que era frecuentado por muchísimas personas. fue nuestro punto de reunión, trabajo, almuerzo, previas y bajones durante todo el año en que mi amigo vivió en la pensión del Cerro Barón.

    gracias por la tribuna

    1. qué buena la historia. como que una sanguchería auténticamente buena te recibe como en casa; parecido a lo que los ingleses encuentran en sus pubs.

    2. tengo un amigo que tiene un proyecto parecido, una cruza entre sangucheria, panaderia y lugar para estar y trabajar y queseshó.

  4. Uhh, cuando viví en San Feña, también tenía una picá de completos. Lo entrete es que con mi partner de entonces (ambos santiaguinos refugiados en la provincia) recorrimos mucho buscando comidas ricas y económicas (estábamos re cortos de plata y a veces el hambre era don problema), así que cuando llegaba algún billete nos zampábamos sendas comilonas en locales “típicos” hasta que un día, casi sin plata y angustiados de hambre empezamos a pasear por el barrio que nos acogió por unos meses buscando las típicas papas fritas en aceite 20-40 versión scannia o pegaso, cuando nos pillamos unos de ésos carritos con ruedas desinfladas hace aaaños y los completos mas ricos y económicos que habíamos probado.
    BNos hicimos asiduos, ibamos al menos 2 veces por semana.

    Cuando nos fue mejor cambiamos de casa y barrio, compramos auto y nos fuimos a un entorno mas chic, pero jamás dejamos de acudir a nuestra cena callejera. U’ta que eran ricos esos completos…! los extraño.

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