El 18 es el peor momento para ser chileno

La necesidad de festejar es anterior a la fecha específica: no hace falta ser muy patriota para enfiestarse el 18, así como no se requiere ser muy católico para comer mariscos en semana santa. Desde el punto de vista que nos incumbe -la comida popular, más aún cuando viene entre panes- hemos dicho antes que las fiestas patrias chilenas no nos entusiasman mucho. Casi nada. Naturalmente, no quiere decir que nos molesten los feriados o que nos vayamos a encerrar pudiendo disfrutar el buen tiempo.

Pero es llamativo que el festejo sea convocado por financieras, cajas de compensación y bancos para los que «lo típico chileno» consiste en un refranero de palabras mal escritas o mal pronunciadas, cuando no un listado de descalificaciones: los chilenos son impuntuales, mentirosos, sacadores de vuelta, flojos y borrachos. ¿Por qué la auto ironía? ¿Por qué la vergüenza? ¿Para qué comer (anticuchos) o tomar (chicha) obligados si podríamos hacerlo contentos? ¿Qué fiesta se puede hacer con esa mala conciencia?

Por este tipo de razones, en este blog nos excusamos de poner guirnaldas, escarapelas y banderitas en septiembre. No nos tinca el nacionalismo huaso ni esta pose guachaquienta, abajista.

Mayonesa pasteurizada

La mayonesa es originalmente una adaptación. Como en las islas Baleares se preparaba una salsa de ajo y aceite muy fuerte para los estándares franceses, la versión sofisticada fue una emulsión de huevos y aceite que se llamó mahonesa, gentilicio de Mahón.

Y conservando su característica mestiza, la mayonesa se ha vertido sobre innumerables recetas del mundo hasta hacerse indispensable, hasta ganarse nuestro cariño y un sobrenombre cariñoso: la mayo. Por eso nos duele tanto saber que recientemente ha enfermado y muerto gente por comer sánguches con mayonesa en Peñalolén. Porque cualquiera de nosotros habría pedido que se le pusiera mayo casera, sabiendo que corre un riesgo, pero con la certeza que la mayonesa envasada nunca sería lo mismo.

¿Hacen bien las autoridades de salud prohibiendo la venta de productos aderezados con mayonesa casera? No. Hay maneras de conservar la inocuidad, la higiene y la salud que no pasan por comer esos sustitutos industriales que han usurpado el buen nombre de la mayo. No me digan que esos flanes amarillos en que un tenedor podría marcar sus dientes son la misma salsa preciosa que le ponemos a los completos caseros. No me digan que es más sano comer de esas bolsas de 2 litros, grasientas y pesadas. Como bien indica el dueño de la Fuente Alemana, acá el susto está contribuyendo a una fantasía de higiene, pasteurización y asepsia que es impracticable, exagerada e irrespetuosa.

Si las autoridades tienen la flema necesaria para decir que no se puede prohibir el uso de tarjetas de crédito sólo porque La Polar estafó a 1 millón de personas, ¿por qué no reaccionan con un tercio de esa misma parsimonia y concordamos en que una sanguchería desafortunada no justifica proscribir uno de los ingredientes capitales de nuestro recetario sanguchero?

Acomplejados

En este blog nos interesa mucho decir algo sobre la comida como una parte de la cultura, como el lector habitual ya sabe. Y en particular hemos dicho antes que con Perú tenemos límites que son también vínculos. En fin, a Perú hay que imitarlo en materia de comida, eso está claro. Pero en ProChile creen que la imitación consiste en camuflarse, hacerse pasar por otros, encaramarse a los hombros de otros, comerse la comida del vecino. Esconderse y disfrazarse. Mire.

Por supuesto, lo que debemos aprender del Perú y nos vendría bien imitar es su convicción en los propios méritos. La destacable capacidad de hacer de su comida casera y popular una oferta comercial con raíces vivas en su pueblo. La campaña que enmarca este video demuestra justo lo contrario: que en ProChile no hay confianza suficiente en nuestros propios platos y recetas para atraer a nadie, como bien señala esta columna. También recomendamos este post de UnoCome.

En fin, no sabemos si la alternativa correcta era un Barros Luco -por qué no- pero sí sabemos que la impostura es una mala estrategia de conquista. Nadie quiere comer con un acomplejado.

vía http://www.cocine.cl

Opciones sangucheras a domicilio

Llámese «delivery» o el más criollo «para llevar», el sánguche en Santiago se ofrece como alternativa a una comida casera fome (cocinar a desgano es fomedad segura) o a una salida improbable. ¿Suena poco estimulante al paladar? ¿Suena como a quedarse viendo Video Loco el viernes a la noche? No debería.

Al margen de los clásicos teléfonos sangucheros -que los hay bien buenos- en este post destacaremos dos opciones que amplían nuestro mostrario de sabores:

Karachi
Pita, falafel, lechuga, salsa de yogur

Falafel: del Karachi Spice, es un pan pita con albóndigas de garbanzo y trigo bien fritas, crocantes, sabrosas sin ser pesadas. Receta vegetariana para carnívoros, sánguche contundente para dietistas. Una vía inteligente para enfrentar el apetito, estimular la curiosidad y no pasarse con la gula. Es recomendable mantener el papel de envolver porque la salsa de yogur es muy clara.  

Sánguche de Milanesa: frente a un video club (¿qué será de las cadenas de arriendos de DVDs en el futuro próximo?) a su vez flanqueado por un local de pizza al estilo EEUU, Don Pizza funciona como un testimonio de otro ritmo, otro gusto y otras expectativas. Como buenos uruguayos, no quieren pasar por mega-cadena, ofrecen su propia idea rioplatense de la pizza y, entrando en materia sanguchera, levantan las banderas que le han dado tanta alegría a ese lindo pueblo: el Chivito y el sánguche de milanesa.

Don Pizza también sabe de sánguches

 Pan frica, lechuga, tomate y mayonesa casera son el contexto en el que se destaca una linda milanesa recién frita. La carne no es tan delgada como en el caso de la clásica escalopa chilena, lo que le hace blanda y más fácil de masticar. No hay tirones, no hay fibras rebeldes.

El sánguche es contundente. Pero si le hace falta más, la carta ofrece versiones «napolitana» y «Don Pizza», que añaden queso, jamón, huevo, pimentón y salsas, dependiendo del pedido. Y tienen repartidor si el pedido lo justifica.

El falafel cuesta $2000 y el de milanesa $2450. No es caro, renueva la oferta y soluciona el cuasi-problema de sanguchear sin salir de casa.

Chacarero en el Imperio de Carmen con Marcoleta

Corte sagital de la marraqueta

Este lugar está emplazado en la intersección de dos calles que nos resultan queridas en tanto se mezclan con la historia cercana.  Y darían ganas que fuera uno de esos sitios imaginarios que describen las canciones malas. Pero como decíamos en el post anterior, nuestras sangucherías no son sitios donde pasar la tarde conversando cualquier cosa. Tienen una seriedad que este Imperio, el de calle Carmen, ejemplifica perfectamente.

Pedimos un chacarero -en churrasco, con ají y en marraqueta- y podemos dar cuenta de lo siguiente:

1. Imperio es un local impecable. Personal limpio, lugar prolijo y un proceso de elaboración a la vista muy confiable en términos higiénicos. Esto los pone en la órbita de sitios como el Sésamo, también impecable y profesional.

2. La elección del pan fue muy afortunada. Una marraqueta muy fresca y tostada justifica el sánguche. Hay también pan frica y molde.

3. Tal como se aprecia en esta (brumosa) foto, la dotación de porotos verdes fue generosa. El ají verde -optativo pero fundamental a nuestro parecer- se cortó ahí mismo y como toque final se aderezó con aceite de maravilla de marca conocida, dando el sabor esperado a un Chacarero, pese a no ser verano (época natural de este bocadillo).

4. El lugar, como decíamos, es pequeño y hecho para una estada transitoria. No obstante está bien puesto, decorado con buen gusto y creatividad. En resumen, demuestra cuidado de parte del personal y de la administración.

Este local está en calle Carmen 48, Santiago

El sánguche se come callado

La comida no es sólo preparación de alimentos, también es una manera de comer. Un conjunto de comportamientos que tienen algo de técnica y mucho de aprendizaje. Modales. Piense por un momento en lo siguiente: ¿cómo se debe comer un completo? Desde luego, hay personas con la capacidad para no ensuciarse en absoluto ni perder un gramo de comida -cuestión que exige práctica, disciplina y no poca concentración- pero en general cualquier sanguchero local sabría cómo enfrentar el desafío. Así como una mesa de mantel largo, con varias copas y variedad de cuchillos y tenedores puede confundir a un comensal no iniciado, un completo puede poner en jaque a alguien que no frecuente fuentes de soda.

La barra de la Fuente Alemana
Sentado, apoyado en los codos

Y así como hay modales, una manera correcta de proceder ante la comida y una combinatoria más o menos conocida de ingredientes, también la sanguchería chilena tiene un carácter específico en lo que respecta a la sociabilidad al momento de comer. Así como un café en Buenos Aires es largo (como para leer el diario), permite conversar con un amigo y se hace en una mesa con sillas, un sánguche en una fuente de soda chilena es un momento individual, más bien breve -aunque no puede ser tan rápido si el sánguche es grande-, apegado a una barra y más bien silencioso.

Es fácil encontrar ejemplos contrarios -en Elkika hay mesas y atienden garzones, así como en muchos lugares nuevos-, pero el punto es el siguiente: un habitante de este país sabe que comer en la barra del Ciro’s, del Dominó, o en el primer piso de la Fuente Suiza es una ocasión para la cual no hace falta reserva, tampoco es indispensable ir acompañado ni menos sostener una conversación de mesa. Por el contrario, podemos contar con un tiempo de espera de pie, nos bastan uno o dos asientos pegados  al mesón y no tenemos que esperar demasiado por nuestro pedido. Es una característica derivada de la contundencia del bocadillo -¿quién puede conversar largamente con el vecino si hay un Rumano en juego?- y de la agilidad que tanto clientes como mesoneros imprimen a la atención. Por eso las sangucherías nuestras abundan en metros de barra alrededor de la plancha del maestro y no tienen una oferta equivalente de mesas. Cosa de ver la disposición de la Fuente Alemana.

Pero hay algo más.

Nuestra forma de comer -con la mano a veces, otras con cuchillo y tenedor-, la ocasión sanguchera siempre improvisada, un cierto apuro propio de la comida urbana, la abundancia que caracteriza al recetario desde su exponente más humilde hasta las formulaciones más gastronómicas, redundan en un cierto silencio. Porque no se habla con la boca llena, porque hay más gente esperando asiento, porque andamos solos o con un acompañante igualmente silencioso, porque un sánguche nos ensimisma y nos fascina. Quizás sea esta la razón de comentar por escrito las experiencias sangucheras que tenemos, transitorias y siempre calladas.

Tareas sangucheras pendientes

1. Ir por una hamburguesa pakistaní al KarachiSpice
2. Probar el Chivito en un boliche ubicado en Campo de Deportes casi esquina Irarrázaval
3. Dejarme caer por el Regen Bogen
4. Abordar la pregunta sobre por qué las sangucherías chilenas favorecen que la gente coma sin hablar con el vecino

Las buenas razones de Dalai Lomo

El nombre de este local es una prueba de sentido del humor. Y por cierto, la santidad de cualquier sujeto -budista o no, premio nobel o no- nos importa mucho menos que la constante renovación y ampliación de la oferta sanguchera. Ubicado en un sitio privilegiado -al lado de Junta Nacional, a la vuelta de las parrilladas La Uruguaya y frente al Parque Bustamante- este boliche tiene buenos argumentos para hacerse conocido, persistir en el tiempo y ser querido.

Pedimos un lomo palta-tomate, algo apurados. Recibimos un sánguche de diámetro importante con ingredientes frescos y un lomito cocido en un estupendo caldo que hidrata el pan. El sabor es original, el corte es pulcro y nos habla de buenos maestros. La atención es diligente y amable. Las mesitas y la barra están provistas de salsas de ají diversas, variantes de mostazas y también ketchup. Nos recordó el enfoque del Sésamo Express como una fuente de soda totalmente al día, pero que sin embargo se inspira más en el pasado sanguchero que en el período reciente de fast food. El momento de esta visita nos exigía una estadía breve, pero el buen lomito nos convence de volver. Hay churrascos, ases, completos y entre otras ofertas nos guiñó un ojo la especialidad de la casa: el Dalai, un sánguche de milanesa.

Ramón Carnicer 95, Providencia.

Sánguche de Arrollado en el D’Jango

Elogiar este sánguche y este sitio, lo sabemos, puede significar una concesión al guachaquismo turístico. El D´Jango es una estampa que se puede confundir con La Piojera. Pero no hay nada de esto. El lugar es una picada tradicional, añosa, con un entorno que muestra cuánto ha cambiado la ciudad en medio siglo. Pero turistas no va a encontrar. Oficinistas, empleados públicos, jubilados, transeúntes acostumbrados a llegar silenciosos en busca de sabores y olores fieles. Se comprueba que, si hay un sabor chileno, está adherido a las chuletas, el pernil, la malaya o el arrollado que se sirven en Las Tejas, el San Remo, Las Tinajas o La Pipa.

Homenaje a Franco Nero
Vía "De picada en picada"

Por $1.600 nos dieron con simpatía y prontitud una preciosa marraqueta colmadita de arrollado. Pan con arrollado, porque con la malaya nos fue mal (se les había acabado). En el pan, un chorrito de aceite. En las cubas -costumbre chilena que vuelve ridículamente cada 18, pero que aquí es el estándar- tiene usted disponible un pocillo con sal y una fuentecita de pebre picante. Hay agregado de palta si usted quisiera, por $500 más. Los demás clientes eligen cañas de vino y alguno pide una malta.

Todo está muy fresco, los sabores -contra lo que dice el prejuicio- son más bien suaves y nada de pesados. Contundente, claro, pero todo amistoso. Una parte fundamental del almuerzo es la amabilidad de los comensales, la consideración con que se pide permiso para compartir el pebre, la conversación alegre -no esa alegría chilena eufórica ni avasalladora, sino los modos afables que algunos creen ingleses- cargada al recuerdo. Por ejemplo, que nuestro vecino viene al D’Jango desde 1980, y que pasa a almorzar cuando sale de su pega, antes de irse a su casa (donde va a pedir almuerzo de todas maneras). Que antiguamente venía con un jefe buena onda que invitaba. Que a pocas cuadras hay también otros lugares arrinconados que cultivan esta cocina semi-urbana, semi-rural. Hacemos memoria: dónde más se prepara bien el arrollado con papas cocidas.

No hay que ser muy aplicado para notar que lugares como el D’Jango se extinguen. Que si los dueños pensaran en jubilar, por ejemplo, ese sería el final. No vale la pena falsificar una tristeza abajista ante este futuro. Lo que sí vale la pena es pasar , andando por el centro en trámites, por estos sánguches generosos y nada de caros.