As mongoliano: innovación sanguchera en El Tío Manolo

El Tío Manolo es un ejemplo concreto de que la sanguchería local tiene tanto o más futuro que los sushi para llevar o que una pizzería-delivery. A partir de un local sencillo y especializado en maximizar cantidad y rapidez en Marathon con Rodrigo de Araya, hoy el prestigio de El Tío Manolo permite sostener una cadena, con todas las de la ley. Locales en Santa Isabel, Chile-España, La Reina y La Florida demuestran que no hace falta instalarse a lo Mr Jack para llamarse un emprendedor sanguchero (de estos quisiéramos tener más, de estos otros no queremos ninguno.)

Como ya hemos comentado antes (1, 2, 3 veces) los aspectos que parecen medulares del autodenominado Sabor Maestro, esta vez seguimos una pista que nos dejó Carlos Reyes. Una pista que conduce a un rincón más interesante, casi secreto. Una receta que Carlos llama, con acierto, cocina fusión: el As Mongoliano.

Receta secreta

Si el As (por favor, no escriba «ass» para referirse a este invento, que la gente se confunde) nace como una versión alargada y abaratada del churrasco o el lomo, este sánguche mongoliano va un paso más allá y se cruza con la comida china popularizada en Chile en términos de sus ingredientes. Puede que un operario chino no reconozca sus hábitos alimentarios en la carta de un boliche cantonés de Santiago, pero uno sí.

Curioso: aunque no estaba en la carta, lo pedimos. Nos confirmaron que lo hacían, pero los ingredientes y la receta tuvo que ser recordada en voz alta por la maestra. Primero se prepara el churrasco picado, luego se añade el ají verde y el cebollín picado. Se mezcla como sabemos (es mejor saborearlo que mirarlo en la foto) y se dispone dentro del pan de completo. Pedimos que la mayo fuera poca, porque no nos convence del todo la mezcla.

Tiene un problemita de armado: el relleno no tiene la firme estructura que provee la vienesa ni se ordena según el método típico de «tomate abajo, palta encima». El pan se desequilibra y pide ser comido con mucho cuidado y bastantes servilletas. Pero lo que valoramos es el afán de experimentar dentro del ámbito de la comida popular, cruzar tradiciones que, por otra parte, conviven frente a frente (He Hin inauguró sucursal en la acera opuesta).

Una variación sobre el pino

Quizás esta innovación perdure, quizás el público no la pida o el local la esconda. Pero la experiencia nos dió para pensar una analogía que, tal vez, permita entender por qué la carne mongoliana es habitual cuando pedimos comida china. Y es que la mezcla de carne, cebolla y ají colorado -es decir el glorioso pino que forma parte de empanadas, papas rellenas y pasteles de papa o choclo- es primo de la mezcla de carne picada, cebollín y ají verde de la comida china. No es lo mismo ni es igual, pero tan distinto no es. Tan ajeno, no es. Y es rico.

El Barros Bielsa

Se nos ocurrió esa idea el año pasado: un sánguche-homenaje al entrenador. Porque es buen entrenador, porque sentimos gratitud y porque un sánguche es un homenaje cotidiano, popular, disfrutable. No un homenaje forzoso ni solemne, no una trampa de protocolos o de precios inalcanzables.

Se termina una época. Quedan varias ideas que merecerán un desarrollo por escrito (este es un blog de textos, más que de fotos). Pero que quede muy claro: entre un sánguche falso y presumido (me refiero a este) y un sánguche que junte una milanesa argentina con un queso mantecoso de acá, vamos a preferir siempre lo que aprendimos de Bielsa sobre idiosincracia, sobre auto-respeto y sobre lo que vale la pena cuando uno busca de qué estar orgulloso.

Chilean ways

Las cosas parten con un despliegue de narcisismo del ganador de las elecciones presidenciales (Obama le dijo que ahora en EEUU quieren hacer las cosas a la chilena). Tengo bastante claro que el narcisismo del mandatario es parte de su capital y le reportó preferencias de electores que quieren identificarse con el éxito empresarial, las fortunas incalculables y los PhD en Economics. Así que el punto no se trata tanto de que tengamos como presidente a un megalómano; es que a cualquier pueblo le gustan los halagos desmesurados, tal como a cualquier adolescente le ilusionan los piropos y atenciones de los demás.

Tal como a un adolescente excitado por un piropo genérico, nos pasa que las inseguridades y miedos se desvanecen momentáneamente. Nos sentimos como nunca: henchidos, atractivos, populares, conocidos, sentimos que las tardes improductivas de nuestros veranos pasados quedarán olvidadas. Lo que viene, piensa el cabro espinilludo, es un espiral de fiestas, fotos, tragos y plata (no digamos sexo, pero casi). Algún tipo demasiado serio apuntará que nuestro personaje adolescente embargado de novedoso orgullo no es ningún estudioso. El muchachón se quejará de la mala leche de quienes le recuerdan a Chile que su educación es un sistema absurdamente desigual. Qué necesidad habrá, piensa el optimista compulsivo, de señalar el vaso mediovacío si por fin nos iban a aceptar entre los más choros. Hay una necesidad, pues. El repentino orgullo de hoy es un atajo expedito y eficaz a la desilusión de mañana; la eventual autoconfianza es una antesala a las ínfulas de superioridad más ridículas.

En sánguches nos interesa y nos gusta la comida. Especialmente aquella que nos resulta más próxima, más habitual y más conocida. Estamos seguros que en la comida urbana y popular hay tanto que elogiar, o si usted prefiere, no hay nada de qué avergonzarse. Sobre panes podemos dialogar con todos los países del mundo, sin complejos y hasta con seguridad. Pero sería tonto aleccionar. Preferiríamos aprender. Para enseñar algo, primero tendríamos que saber que hemos dominado el arte de comer mucho en poco tiempo, porque el sánguche chileno es parte de una cultura del apuro y la escasez.

La chilean way -sea cual sea la fantasía que tiene Obama de cómo se resuelven los problemas aquí- es siempre una forma de salir de un pozo. Las viviendas sociales que destaca A. Aravena o los colegios públicos a los que asisten todos los niños en Chile así lo muestran. La chilean way no es cocina internacional: es un pan con vienesa en el que tratamos de poner todo lo que encontramos.

Italiano de Dónde El Guatón

Se come como se vive

Una breve muestra de la barbarie y la estupidez que la comida chatarra produce en los consumidores. ¿Cuándo ha visto usted a un comensal del Dominó o la Fuente Alemana sacar esa pachorra barata de cliente airado? ¿Cómo justificar tanta indignación por una basura que ni siquiera tiene ingredientes orgánicos? La sanguchería que queremos no se pide con esta prepotencia mercantil.

Actualización: cada vez que veo las paletas publicitarias del 1/4 lb con queso a $850, me voy convenciendo que esto es publicidad «viral» y que como tal debe evaluarse. La creación y mantención de un estereotipo de cliente y de servicio en la comida rápida se hace de esta manera. ¿Y si el video fuera auténtico? Si así fuera, sólo el uso que se le ha dado, la reiteración en internet y en la tv abierta, hace que ahora sea publicidad.

La cadena de comida habría pedido que no se diera más, si pensara que los daña. No lo ha hecho. Recuerde usted que alguna vez movieron influencias hasta lograr que un subsecretario de salud indigestara a la ciudadanía con imágenes burdas, para negar que hubiese algo malo en esa comida. Esto es lo que no queremos comer.

Bicentenario, chovinismo, identidad

Cada tanto, en sánguches, cruzamos la calle para ir a buscar argumentos en otras casas y así pensar mejor en nuestras cosas. Ahora, nos parece de interés citar a Carlos Peña en su reflexión sobre el valor nacional de la música chilena. Extractamos:

Todas las visiones patrimonialistas de la cultura —las que piensan que la cultura se aloja en un puñado de objetos como el adobe, el caballo, la casa patronal, el palo ensebado, la cueca y, ahora, la música hecha en Chile— derivan de visiones conservadoras a las que les gusta creer que lo chileno es algo que nos aconteció alguna vez y que luego se depositó en un puñado de costumbres y de cosas que, de ahí en adelante, debiéramos cuidar con especial esmero.

Esa visión —que esencializa la identidad nacional y la radica luego en cosas y en actividades— sugiere que las diversas creaciones —la música entre ellas—, cuando provienen de nativos, son capaces de conectarnos con la espiritualidad más profunda de la nación, con un alma ingrávida que cada cierto tiempo conferiría sentido a lo que somos.

¿Necesitamos música local? Claro. ¿Es razonable multar para que eso ocurra? Es menos claro. ¿Lo chileno sería, en el caso de la comida, un panteón de recetas que hay que cocinar siempre igual y siempre en el mes de la patria? No. Los sánguches no tienen que aspirar a reemplazar al anticucho ni al pastel de choclo, sino seguir su rumbo citadino, habitual, mestizo y quizás un poco promiscuo. Ahí hay más vida que en la idea de una nacionalidad a rescatar (porque está perdida y enterrada).

Debates sobre identidad

Ustedes saben que en este blog estamos cada tanto hablando de la comida como una vía de acceso a la cultura local, chilena y de otros países también. Lo que decimos de un sánguche lo decimos también de la gente que lo prepara y lo come. Hay un par de diálogos/debates al respecto que queríamos citar.

Guillermo Rodríguez y Rodolfo Guzmán disienten en la revista YA. ¿Son los ingredientes, las recetas, las técnicas lo que hace propia una comida?

– Isidora Díaz tiene un blog inteligente y convoca a discutir sobre las causas del estatus disminuido de la cocina local. Tal parece que entre otras causas, la idea alienada de nosotros mismos -el deseo fantasmal de ser otros y no parecernos a nosotros mismos- se expresa en la cocina chilena, oscureciendo la definición misma de esta idea jabonosa.

Sobrepasa el sangucheo, claro. Pero lo incluye.

¿Y para beber?

La situación es esta:  entra a la fuente de soda o se detiene en el carrito con una idea fija. Pide su sánguche, cuidadosamente ajustado al hambre y al presupuesto, sacando el mejor partido posible a lo que ofrece el lugar. Tiembla de felicidad anticipada, porque imagina el pancito tibio, el trozo de materia animal, el tomate, la palta, el ají que le va a añadir en el mesón, cuando de pronto el mesonero, la maestra sanguchera o el mozo le pregunta:

– ¿Y para beber, qué le traigo?

Caramba. ¿Vino tinto? Es improbable que siquiera tengan. ¿Espumante del valle de Colchagua? No, el sánguche al que nos referimos no va al compás de la tendencia de moda (es una tendencia hace décadas, ahí está la diferencia). ¿Agua mineral? Pues no, claro que no. ¿Combo-maxi-papas-más-bebida-mediana? Dejemos de payasear. Listemos las parejas de baile con las que el sanguchito nuestro mejor se aviene:

1. Jugo de fruta: puede ser muy mezquino -esos recipientes que mueven constantemente un brebaje de color ocre frutal- o llegar a la elegancia de unas naranjas recién exprimidas (pídalo como «Vitamina», existen también las zanahorias hechas jugo), la piña natural, melón o la buena pulpa de chirimoya o frambuesa. No es chatarra, como podrá comprobar. Vale mencionar el aporte de la chicha morada de los lugares peruanos.

2. Leche con frutas: se usa poco, pero en busca de nutrición puede dar con una leche con plátano en las buenas fuentes de soda. Ideal para los niños.

3. Té y café: especialmente cuando es al desayuno, la oferta sanguchera (imagine un York o un Chemilico, suspire un Barros Jarpa) supone bebidas calientes. Incluso, si se mandó dos completos para enterar la cuota, un café puede ser digestivo. De otra manera, combinar té puro con palta suena más a una buena once que a un maridaje atrevido.

4. Cerveza: ideal cuando es más tarde, cuando la exigencia del sánguche se agiganta (por ejemplo, una Hamburguesa Elkika) o cuando la buena conversación amerita intercalar pausas en la ingesta. Desde un fresco schop industrial hasta la oferta variopinta de la cerveza artesanal, un lomo con harta mayonesa queda bien cubierto, bien contrapesado con esta bebida suavemente festiva. Un Rumano, en tanto, exige una cerveza.

5. Consomé: si en el lugar preparan bien el ave, entonces el consomé que se ofrece en la carta estará hecho a partir de caldo natural. Un buen huevito mezclado le da más cuerpo a la sopita liviana, es un toque que diferencia un caldo de cocción cualquiera y un legítimo consomé. Algunas verduritas y perejil picado completan el cuadro. Basta y sobra para pasar el frío, enmarca de modo impecable hasta un Completo, por apurado que éste sea.

6. Bebidas gaseosas: por supuesto que la coca cola también vale. Curiosamente, no hay demasiada costumbre en la sanguchería local de vender combos. Hay papas fritas (muy seguido), también empanadas fritas llegado el caso. Bebidas de máquina (las peores, pero baratas), de lata (promedio) o en botella de vidrio (mejor opción). Lo que no es tan común es amarrar en un fardo cerrado estas tres cosas al estilo de las cadenas gringas. Es valioso lo que se gana con la poca costumbre sanguchera local de usar «el combo»: libertad para elegir si beber algo caliente o frío, salado o dulce.

7. El FanSchop: considerado de mal gusto por la gente pituca, el fanschop es un híbrido de baja graduación alcohólica, semiamargo y semidulce, clásico de tarde veraniega. El comensal chileno, quizás temeroso de ser enjuiciado por su gusto de revolver una Crush (es mejor para el fanschop que la propia Fanta) y una pilsener, lo hace igual aunque lleno de culpa. Hasta que un buen día descubre que la mundialmente famosa sangría española es una revoltura harto discutible de tinto (malo) con bebida y más encima con frutas (malas). O descubre que los vecinos argentinos gustan de tomar Gancia o Fernet, y más encima le echan cocacola. Qué hay de malo, entonces, en aportar esta preparación al acervo cultural de la mesa estival: nada.

La identidad dónde está: ¿en los ingredientes?

Si alguien piensa que lo identitario en materia de comida es lo mismo que decir lo singular, lo original, probablemente cometerá errores garrafales buscando aquello que tiene (o tendría) Chile y que en ninguna otra parte del mundo existe (existiría). Como quién busca una esencia numinosa o un ADN encriptado a escala microscópica.

Si está a punto de cometer ese error, amigo lector, lea este buen post de uno que sabe.

En defensa de un vínculo

Este año 2010 está marcado a lo ancho por el mundial de fútbol, y en las horas que corren es Uruguay el país que concentra nuestros afectos. Por eso decimos que tenemos un vínculo sanguchero con la Celeste. El fútbol uruguayo, como el Chivito (que NO ES un sánguche de carne de chivo, ciertamente), es una amalgama enjundiosa, brava en calorías y emociones, grande y de corazón generoso.

Comida de gente común, comida cotidiana pero festiva, comida hereje que ninguna religión aprobaría como mandamiento. Comida feliz, en fin, en la que un sudamericano cualquiera podría regocijarse y revivir. Cultura popular que puede intensificar la vida. Qué lejos está todo esto de la mezquindad y la falsa mesura. Esto lo entendemos bien, lo reconocemos. Fuerza Uruguay.