Un momentito

En sánguches elogiamos la gastronomía sanguchera y la cultura que la sustenta y le da sentido. En general evitamos señalar defectos de nuestros boliches y recetas, porque tenemos la convicción que hay mucha, mucha gente que se empeña en hacerlo. No muchos, en cambio, valoran seriamente el patrimonio popular que vive en las fuentes de soda.

Por razones como esta es que lugares como Ciudad Vieja se ganan nuestra amistad. Con eso debería bastar. Lo que pasa es que a veces hay gente que echa cosas distintas en un mismo saco. Para que nos entendamos, mire esto que sacó cierto diario santiaguino.

En la mencionada pieza de promoción ondera (apenas merece llamarse publicidad, porque no hay nada de escritura) se mezcla una sanguchería con otros negocios que lo único que tienen en común es que los productos se comen. Nada contra el cocinero al vacío o las jovencitas banqueteras. Pero la densidad cultural de las ofertas no es comparable y por tanto ponerlas en una misma fila significa un error. Veamos por qué.

¿Necesitamos una pizzería gourmet en Santiago cuando, con suerte, entendemos qué es una pizza  a la piedra? ¿Tiene sentido importar una idea de Buenos Aires -lugar donde se come pizza en los estadios como quien come sánguches de potito– a una ciudad donde los  productos de Telepizza se consumen impunemente? ¿Qué quiere decir esto para pizzerías que luchan en distintos ámbitos por cenirse a un estándar más italiano que gringo, como Pizza Roma, el Golfo di Napoli o incluso para el Tiramisú? En principio, la pizza bonaerense gourmet en Vitacura es el típico gesto cuya sofisticación está vacía, no reconoce antecesores ni experiencias previas, pretende aleccionar el gusto de los comensales y sostenerse sobre la base del márketing.

Repasemos las diferencias. ¿Qué ha destacado a Ciudad Vieja -así como otras sangucherías y fuentes de soda- para que los neuróticos de las tendencias reparen en ella? Que es nueva porque propone una renovación de algo que existe con anterioridad. Que respetan el gusto de su público. Que saben que forman parte de una larga marcha y entienden que su aporte no tiene sentido -es decir, nadie lo querría- sin la amplia cultura de panes, carnes, ungüentos, salsas y vegetales que nos alimentan. Lo gourmet en el sánguche es actualizar la gula, la abundancia, la soltura de comer con la mano, es la sazón criada en la ciudad.

Así que, por una vez, no aceptemos que nos vendan como equivalentes cosas tan distintas.

El Tío Manolo 2, Av Santa Isabel

Imagínese lo siguiente: tiene más hambre que un completo y menos que un churrasco. Va de pasada. Es un momento sin voz en off, sin música de fondo, sin glamur. No hay lecciones, tampoco hay iluminaciones.

Lo único es que hace hambre.

El Tío Manolo de Marathon tiene una sucursal no oficial (quién sabrá el detalle, la pequeña historia) que cuadra con ese deseo cotidiano y esa hambre mundana y sencilla. Abundante sin ser cuantiosa. Importante sin ser solemne. Rico como el maxi-kiosko original, quizás menos perfecto. En todo caso más central (y la ubicación de la picada importa tanto).

Entonces nos detuvimos y pedimos el As Italiano que resulta lógico pedir. Completo no, hamburguesa tampoco. Un buen As, con tomate, buena palta y harta mayo (bastante salada, refrigerada, casera). Lo interesante de la sucursal no está en la cocina (no agrega nada al original, sino que lo replica) sino en las mejores acomodaciones. Y sobre la mesa, junto con el trío dorado de ketchup-mostaza-ají, un Chancho en Piedra ejemplar. Un mini altar pagano en que se ha sacrificado el tomate, la cebolla y el cilantro a algún dios local que no se espanta si en vez de machacar ingredientes (el chancho en piedra estándar) le ofrecen pebre. Lo que importa, lo que realmente cuenta, es que un As con ese pebre mejora y uno no quiere que se acabe.

Arrollado huaso en la Fuente Chilena

No estoy seguro si la gran demanda que enfrenta la Fuente Chilena -admirable que un solo local logre resucitar un espacio muerto y lúgubre como el Omnium- le ha permitido mantener la calidad de las fricandelas. Creo que los mimos y la preocupación por la cocción pueden quedar en segundo plano cuando hay una fila de gente esperando y las comandas se amontonan. La consagración es así.

Por eso, evitando el riesgo y ampliando el espectro de preparaciones, nos decidimos por el Arrollado Huaso.

Se trata de un fiambre criollo -semejante a la malaya- envuelto en una capa grasosa que previamente ha sido adobado en (al menos) vinagre, orégano, ají y ajo, guardando un aroma intenso y bastante complejo. Una sola mordida no permite hacerse la idea completa del sabor.

Al servirlo tibio, es posible comerse la envoltura de grasa sin que ello se transforme en una experiencia difícil para el mañoso. Pero el buen grado de cocción facilita sacarla y evitarse un debate que -innecesariamente- ahuyenta a la gente de tan sabrosa receta.

El arrollado venía completo: chucrut, salsa verde, tomate y mayonesa. En el fondo, se trata de arroparlo en texturas blandas y crujientes, de manera que la carne fibrosa y adobada brille con luz propia. La mayonesa sirve al propósito de hacer del sánguche un bocado suave, húmedo y contundente.

Si vamos a elogiar el empeño de este estupendo local, que sea por su voluntad de incluir estas recetas cuya popularidad sólo debería aumentar.

Ficha

26/03/10

Fuente Chilena, con M., C. y P.

Arrollado Huaso completo, schop de 500 cc

Lo trivial

Se muere gente y uno hablando de pan. Pueblos completos destruidos, cuadras de casas en el suelo, playas arrasadas y uno escribiendo de fuentes de soda. ¿Será posible y justo volver a postear algo relativo a los sánguches? Citando una canción sobre el pánico, «¿alguna vez la vida volverá a la cordura?».

La respuesta es que la vida nunca fue cuerda. Que el pan estaba ahí, en las cosas importantes, serias e incluso en las graves. Que la falta de algo para poner dentro de una marraqueta nos enfrenta a los dilemas más lacerantes, las urgencias peores, las debilidades extremas y los daños irreparables. El dolor humano hace perder el hambre, los padres tiemblan cuando los hijos no quieren comer por el miedo que han sentido. El duelo y la pérdida del apetito van unidos.

Ruinas

Edificios que parecen bien hechos, pero que se caen. Sistemas de comunicación que parecen consolidados, instantáneos, pero que no funcionan. El estado, que creíamos fortalecido y a la vez más sensible, se muestra impotente y lloroso. Cielos falsos que se caen por todas partes dejando a la vista el cableado, el ahorro a costa del prójimo, las conexiones mal puestas, el desprecio por los demás y el miedo (y la envidia) a todo lo ajeno.

En los meses y años que vendrán nos van a repetir a los chilenos que si no fuera por el peso de la noche, seríamos una jauría de ladrones, salvajes, ambiciosos, escoria producida por la falta de correazos o de detenciones por sospecha.  No es del todo falso, para peor.

Pero una cosa eso sí: confiamos en que lo que hemos elogiado hace tantos meses (no los sánguches sino la gente anónima que inventó laboriosamente una cultura popular) existe todavía.

Noticieros de verano

El canal 13 de Chile es horrible. Debería desaparecer ya sea por acción de la mano invisible del mercado o bien por decisión de los dueños. Ahora bien: este blog no es de crítica de TV así que lo dejamos hasta acá.

Lo que sí debe ser reconocido es que la estudiante en práctica a la que le encargaron la lata de hacer «La ruta del sandwich» se esmeró y nos dejó una buena nota que enlazamos aquí.