Acomplejados

En este blog nos interesa mucho decir algo sobre la comida como una parte de la cultura, como el lector habitual ya sabe. Y en particular hemos dicho antes que con Perú tenemos límites que son también vínculos. En fin, a Perú hay que imitarlo en materia de comida, eso está claro. Pero en ProChile creen que la imitación consiste en camuflarse, hacerse pasar por otros, encaramarse a los hombros de otros, comerse la comida del vecino. Esconderse y disfrazarse. Mire.

Por supuesto, lo que debemos aprender del Perú y nos vendría bien imitar es su convicción en los propios méritos. La destacable capacidad de hacer de su comida casera y popular una oferta comercial con raíces vivas en su pueblo. La campaña que enmarca este video demuestra justo lo contrario: que en ProChile no hay confianza suficiente en nuestros propios platos y recetas para atraer a nadie, como bien señala esta columna. También recomendamos este post de UnoCome.

En fin, no sabemos si la alternativa correcta era un Barros Luco -por qué no- pero sí sabemos que la impostura es una mala estrategia de conquista. Nadie quiere comer con un acomplejado.

vía http://www.cocine.cl

El sánguche se come callado

La comida no es sólo preparación de alimentos, también es una manera de comer. Un conjunto de comportamientos que tienen algo de técnica y mucho de aprendizaje. Modales. Piense por un momento en lo siguiente: ¿cómo se debe comer un completo? Desde luego, hay personas con la capacidad para no ensuciarse en absoluto ni perder un gramo de comida -cuestión que exige práctica, disciplina y no poca concentración- pero en general cualquier sanguchero local sabría cómo enfrentar el desafío. Así como una mesa de mantel largo, con varias copas y variedad de cuchillos y tenedores puede confundir a un comensal no iniciado, un completo puede poner en jaque a alguien que no frecuente fuentes de soda.

La barra de la Fuente Alemana
Sentado, apoyado en los codos

Y así como hay modales, una manera correcta de proceder ante la comida y una combinatoria más o menos conocida de ingredientes, también la sanguchería chilena tiene un carácter específico en lo que respecta a la sociabilidad al momento de comer. Así como un café en Buenos Aires es largo (como para leer el diario), permite conversar con un amigo y se hace en una mesa con sillas, un sánguche en una fuente de soda chilena es un momento individual, más bien breve -aunque no puede ser tan rápido si el sánguche es grande-, apegado a una barra y más bien silencioso.

Es fácil encontrar ejemplos contrarios -en Elkika hay mesas y atienden garzones, así como en muchos lugares nuevos-, pero el punto es el siguiente: un habitante de este país sabe que comer en la barra del Ciro’s, del Dominó, o en el primer piso de la Fuente Suiza es una ocasión para la cual no hace falta reserva, tampoco es indispensable ir acompañado ni menos sostener una conversación de mesa. Por el contrario, podemos contar con un tiempo de espera de pie, nos bastan uno o dos asientos pegados  al mesón y no tenemos que esperar demasiado por nuestro pedido. Es una característica derivada de la contundencia del bocadillo -¿quién puede conversar largamente con el vecino si hay un Rumano en juego?- y de la agilidad que tanto clientes como mesoneros imprimen a la atención. Por eso las sangucherías nuestras abundan en metros de barra alrededor de la plancha del maestro y no tienen una oferta equivalente de mesas. Cosa de ver la disposición de la Fuente Alemana.

Pero hay algo más.

Nuestra forma de comer -con la mano a veces, otras con cuchillo y tenedor-, la ocasión sanguchera siempre improvisada, un cierto apuro propio de la comida urbana, la abundancia que caracteriza al recetario desde su exponente más humilde hasta las formulaciones más gastronómicas, redundan en un cierto silencio. Porque no se habla con la boca llena, porque hay más gente esperando asiento, porque andamos solos o con un acompañante igualmente silencioso, porque un sánguche nos ensimisma y nos fascina. Quizás sea esta la razón de comentar por escrito las experiencias sangucheras que tenemos, transitorias y siempre calladas.

Don Sánguche, un concurso fallido

Es una tarea complicada opinar de este concurso sin que se mezclen las consecuencias de haber participado. Es decir: es difícil dar garantías al lector de no estar hablando de picado, de envidioso. Digamos entonces que el Barros Bielsa tuvo un paso discreto por el concurso de  La Crianza, y que la expectativa de llegar entre los 10 finalistas se adivinaba una tarea complicada a falta de 5 o 6 días del final. En todo caso, reunir 166 votos entre la red de amigos, familia y varios anónimos significó una difusión razonable para lo que nos parece un juego que tomamos en serio.

Hecha la aclaración, miramos con algo de sorpresa que entre los candidatos a integrar la carta de Ciudad Vieja habían varios inventos inverosímiles. Montajes más propios de una torta de novios o cumpleaños infantil que de una sanguchería. Supusimos que el jurado podría seleccionar un ganador que justificara el concurso. Pero nos encontramos con que decidió esto.

No podemos ocultar nuestra desilusión. No es tanto que no nos guste el sánguche -el concursante inventó el suyo, siguió el mismo proceso que todos y fue seleccionado como el mejor, lo que hace que el triunfo sea inobjetable. Es que no nos gustó el concurso tal como se reveló al final. Porque eso pasa: todo es una promesa hasta que al final se sabe si valía o no la pena. Y pensamos que Don Sánguche fue un concurso fallido por al menos tres razones:

Un propósito extraviado, desenfocado: si la invitación se hace en términos de «renovar la carta de sánguches de nuestro país», habría que decir que el concurso parte de un supuesto equívoco. Un propósito inútil, porque la carta sanguchera chilena se renueva a base de proliferación de lugares (mire el mapa sanguchero de Santiago), sofisticación culinaria y mestizaje con influencias venidas de otras tradiciones. No se necesita un concurso para renovar una carta que dan continua prueba de ser más vital que muchas otras.
Un criterio de selección flojo: todo concurso de comida por internet tiene un problema. Lo que se pone a prueba no es solamente la receta de cada participante, sino al menos la calidad de la foto (cuánto apetito o rechazo genera) y las redes del concursante. Es decir, se trata de un concurso en que una receta mediocre bien retratada y con muchos amigos y seguidores puede vencer ampliamente a una receta muy buena con una foto mediocre y una red estrecha. Si esto es así -para qué vamos a rechazar la importancia de las imágenes y de las redes- entonces el organizador del concurso debe ser cuidadoso en filtrar fotos no autorizadas (nos consta que varios participantes sacaban fotos licenciadas) y engañosas (que a simple vista no correspondían a la receta), además de facilitar que se subieran las fotos originales. En todo eso hubo problemas, incluyendo la descalificación del sánguche más votado por estar desde un principio mostrando una foto ajena. El organizador del concurso alegó confiar en la buena fe. A nuestro juicio se trata de no hacer la tarea que le corresponde y eso nivela hacia abajo.
Un ganador que no cumple con el slogan: Si todo lo anterior quedara igual, pero el ganador del concurso efectivamente ofreciera una novedad dentro del campo sanguchero nacional, poco importaría la queja. No importaría nada, en realidad. Pero el sánguche que legítimamente ganó el concurso es una cita a la comida chatarra: una hamburguesa doble con queso y varios ornamentos. Si la idea central del concurso fue la renovación de la carta sanguchera local, entonces no entendemos un croissant con dos hamburguesas, queso cheddar y salsa barbecue. Eso se vende en un Burger King, detalles más, detalles menos. ¿Cómo se va a recibir en Ciudad Vieja? Creemos que poco y mal.

En fin, habían 2 o 3 opciones interesantes para ganar, pero un jurado que probablemente debía enfatizar el uso de productos del sponsor mostró de qué se trataba todo esto desde un principio: vender hamburguesas mientras hablamos del sucesor del Barros Luco. Un concurso fallido.

Este blog se opone oficialmente a la comida chatarra en colegios

Estamos convencidos que comer mejor es vivir mejor, que es importante y no puede tratarse como si fuera un tema chistoso o marginal.

Además, pensamos que todo el terreno que pierda la comida chatarra -papas fritas de bolsa, completos industriales de 450 pesos, cereales extruidos azucarados y salados- lo gana la buena comida popular. Es cierto, no existe algo así como la comida perfecta, pero sí existe la comida chatarra. Lejos de los cabros chicos, por favor.

El concurso

¿Qué coincidencia nos trae en estos días dos concursos en que el sánguche cumple el rol de gancho mediático? Veamos a qué nos referimos.

El primer concurso es la versión comunal de Man vs Food, a cargo de El Tío Manolo Ñuñoa. No puede ignorarse que todo sanguchero es un glotón y que la gula es un pecado divertido de mirar. Pero nos parece que detrás de esa desopilante cantidad de hamburguesas apiladas, El Tío Manolo esconde demasiado su mejor talento: el As. La versión original del desafío está basada en la cantidad absurda, cierto, pero también agrega sabores difíciles -ají, caldos, quesos, etc- y en sus mejores capítulos nos permite asistir el universo que todo barrio crea en su fuente de soda de referencia. Eso echamos de menos, una competencia de bocadillos apetitosos y propios. Cuando eso pase, nos asomaremos por el local de la Plaza Armenia.

El segundo concurso es cosa algo distinta. No es original tampoco, aunque lo parezca a primera vista. Sus referentes parecen fáciles de descubrir usando google. Agrosuper quiere promover el uso de sus productos a través de la versión-local-vía-Facebook de este tipo de campaña: Don Sánguche. Elogiable es que uno de los premios sea integrar la carta de Ciudad Vieja, aparte de la plata, claro. Pese a estos aciertos, en la campaña se dicen con gran liviandad cosas como «La gente de La Crianza se la está jugando para renovar la repetida carta sanguchera del país» (fuente). ¿Carta sanguchera aburrida? En esto tenemos que discrepar: razones para inventar sánguches sobran. Ejemplos: porque nos gustan más que ninguna otra cosa, porque recibimos influencias nuevas a diario, porque tenemos que promover el consumo de productos de la marca, o porque queremos homenajear a personas más cercanas temporal y afectivamente que el ministro Barros Jarpa. Pero es ya redundante apuntar en este blog cuánto se renueva nuestra oferta sanguchera día a día. Es casi majadero decir que el valor de las innovaciones se prueba en el tiempo (más que en los me gusta de Facebook).

Esto es un antecedente, si se quiere largo, que da contexto a la presentación del Barros Bielsa al mencionado concurso. Vote aquí.

Post Data: habiendo visto ya dos casos de patudos gente que sube fotos de este blog al concurso, aclaro que no pueden presentarlas como propias (exigencia que pone el concurso) y menos con fines comerciales (exigencia de la licencia CC).

Perú vs Chile

En la pequeña y poco significativa escala de twitter, ha causado reacciones -sólo eso: respuestas inmediatas y mayormente irreflexivas- un adelanto de la próxima novela de Jaime Bayly. No se trata, por supuesto, de un texto sobre sánguches peruanos o cultura popular, pero sí se trata de la relación entre estos dos pueblos. El fragmento se llama «Los chilenos» y vale la pena leerse. Más allá de las intenciones literarias del texto -a usted puede o no gustarle la prosa de Bayly- creemos que éste acierta en la desesperante neurosis que caracteriza la relación entre ellos y nosotros. 

La comida y la bebida son temas en los cuales se libran algunas batallas -la más inútil: quién inventó el pisco-y se lucen identidades imaginarias. Nos despreciamos mutuamente porque se nos enseña de chicos, pero en Chile eso tiene un límite: en algún momento comemos el primer plato peruano. ¿Pueden ser malos los que logran estas sazones y mejoran nuestras ciudades con sus restoranes? ¿Puede ser despreciado un pueblo que tiene una cultura popular de estas dimensiones? Si usted es un burdo nacionalista, quizás se atreva. Para el resto de la población, a cada comida se hace más difícil sostener tanta tontería.

En fin, los sánguches peruanos son un tema que tocamos a menudo en este blog. Consideramos que es un ámbito abierto al diálogo entre los dos países, quisiéramos ser atentos alumnos y decir lo que sabemos evitando la soberbia. Esto se trata de un disfrute mayor y no de identidades adolescentes de ofensa fácil. Haga la prueba: lea el texto de Bayly y revise si no tendrá algo de razón. Cómase un sanguchito de butifarra o de pavo, disfrútelo y estará de acuerdo conmigo en algo: estamos destinados a mezclarnos.

La satisfacción de comer

Aparte de reponer calorías y acallar las tripas, ¿qué era lo que buscábamos en la comida?

Tal como las guaguas, queríamos la certeza de sobrevivir a nuestra indefensión y de ser queridos. Por esta razón, cada comida es un intento de volver a encontrar el primer sabor que sentimos, que no es un sabor cualquiera: es amparo, alivio, una conexión animal a la vida, un afecto tan potente como la energía nuclear. La leche materna condensa todas estas ideas, y el amamantamiento se constituye en un punto de referencia para discusiones tan eternas como agudas. Aceptando en principio las enormes ventajas de la leche materna, se puede encontrar un gran disenso sobre otras cosas: ¿Está bien tomar leche en polvo? ¿Qué dice de nosotros la opción de usar mamaderas para los niños? ¿Tiene que participar alguien más que la madre en la alimentación? Estas cuestiones han definido bandos, convicciones y a veces fanatismos.

Este debate no se limita a los primeros meses; los adultos cada día nos enfrentamos a preguntas sobre la comida: si es sana, si es auténtica, si es rica, si es exótica, nutritiva, barata o con suficiente estilo. Por supuesto, las respuestas pueden ser estrictamente gastronómicas o nutricionales. O se puede conectar la preocupación adulta sobre la comida con el debate de la lactancia. Las posiciones se asemejan, pensamos.

Sabemos los sangucheros que el exceso de pan engorda. Que la mayonesa, tan querida, puede ser un atentado a las arterias cuando se exagera. Que el estilo de vida del aficionado al sanguchito, posiblemente, se asemeja al oficinista apurado de cualquier parte del mundo y que los antiguos guisos criollos nos harían mejor. Pero tenemos una postura que vale en el debate de la alimentación de los niños y de los adultos: somos poco puristas. Entendemos las razones de la higiene, la salud y la naturaleza, pero las usamos como podemos. Así como valoramos la comida endémica -el símil de la leche materna- adoramos los inventos ajenos que nos solucionan problemas alimentarios. Hacemos lo posible por comer bien, pero no podemos evitar ser heterodoxos cuando la ocasión nos indica que hoy, como tantas veces, toca comerse un sánguche.

En fin, creemos que lo que se echa de menos en la adultez no es exactamente el sabor dulce de la leche materna, sino la acogida incondicional y abundante de una buena comida. A veces, esa satisfacción se encuentra en un sánguche que no pasaría fácilmente la prueba de la pureza alimentaria.

Adiós a El Tío Manolo de Av Marathón

Hay noticias llamadas importantes: un rally que nunca ganamos, un cambio de gabinete que adormece dos ideas que valían la pena, una contratación futbolera de verano que ya en otoño va a demostrarse fallida. Pero hay noticias menos importantes, justo las que a nosotros nos quitan el sueño porque nos implican. La municipalidad de Macul no renueva la concesión del kiosko más querido de este lado de Santiago.

La gente que ha comido en este lugar y que ha pasado el dato se opone. Pero no nos pasemos de tristeza: El Tío Manolo ha crecido y capitalizado bien lo que ha aprendido (recetas, nuevos locales, público de otras comunas). Es decir, echaremos de menos el lugar (y ojalá Sergio Puyol revierta la decisión, ahora que está de moda caerle bien a los tuiteros), pero no se ha extinguido una especie. Al contrario.

Pero este post quiere aprovechar el estribo de esta noticia para difundir una columna de Oscar Contardo publicada en un diario del domingo 16 de enero que pueden bajar acá: Oscar Contardo – Los Sánguches.

Entrenadores que reflexionan

¿Cómo? ¿Otro post sobre Bielsa, incluso en un blog de sánguches? Sí, otro. Porque el fútbol y la comida son distintas partes de un asunto mayor, que llamamos cultura popular. Hoy miércoles 17 se jugará un amistoso que, todo lo indica, será el último en que el DT de Rosario ocupe la banca de la selección chilena.

Vale la pena consignar (estas cosas se evaporan con los días) que hay rabia y un rumor que señala que la hinchada se vestirá de negro y hará un carapálida al minuto 40. Que el blanco de las pifias y el rencor es Jorge Segovia quien evitará exponerse a las agresiones -buena o malamente- simbolizadas. Que la policía ya amenazó con marcar y detener a quienes expresen su sentir con las nalgas.

¿Qué rabia es esta? ¿Merece tomarse en serio?

Si Bielsa debe tomarse en serio, no será por cuestiones como jugar con dos wines, o por diseñar entrenamientos que llegan a ser curiosos en su complejidad. Eso no es nuevo ni le pertenece a Bielsa. No es eso, en otras palabras, lo que se echará de menos cuando se vaya el técnico. La identificación popular, que por momentos ha devenido una idealización nada de lúcida (ninguna idealización aguanta las pruebas de la realidad), selecciona resultados y ciertos rasgos exhibidos en el trabajo de Bielsa y su gente, y no quiere por nada del mundo que se los arrebaten. Los resultados son fáciles de señalar: ir a un mundial es el principal. Llegar 2º en la tabla, cuando aspiramos siempre a rasguñar el 4º puesto, es una cucharada extra de miel sobre las hojuelas. Hacerle 2 goles a Paraguay en Asunción, ganarle a Colombia en Medellín y a Perú en Lima, todo eso es lindo. Quizás la próxima vez que juguemos con Argentina en Santiago dimensionemos mejor el primer triunfo de la historia: 15 de octubre de 2008, gol de Orellana. Son recuerdos que hacen un album de fotos muy completo, que revisaremos ávidos cuando extrañemos la emoción de ganar.

Pero los resultados, incluso los de Bielsa, son siempre evasivos (¿quién entrenaba a Chile cuando Aravena hizo el gol imposible? Olvidar es fácil) y no satisfacen la curiosidad: por qué tanta rabia ante la partida. Porque, aunque fuera de modo ilusorio, nos pareció reconocer en la selección ciertos rasgos que creemos nuestros. Elegimos a la selección de Bielsa como una representación no de lo que nuestra cultura popular es realmente, sino de lo que debería ser. De lo que nos pondría orgullosos. De algo propio, que sale de un repertorio aprendido hace mucho. Más que aprender cosas nunca antes vistas (correr, marcar, desbordar, cabecear: con cosas que todos los futbolistas saben), parece una búsqueda mucho más convencida, movilizada por mejores razones, de lo mejor que los jugadores son capaces.De ahí que la sensación intensa de que algo se pierde para siempre no debe tomarse al pie de la letra, puede considerarse un exceso propio del sentimiento de abandono.

Para intentar vincular este desvarío literario-futbolero con la comida popular, me voy a permitir citar a Gastón Acurio cuando escribió hace poco un tuiteo apurado sobre defectos y grandezas de la cocina limeña: «Lima tendra tantos defectos, pero todos pueden ser corregidos por los limeños solamente. pero tiene tantas virtudes. su mar, su gente , su diversidad, su cocina y sobretodo, SU SED DE TRIUNFO. y eso no lo para nadie. hacia alla vamos. depende de nosotros«. Por alguna razón, esto no me suena a exitismo.