Opciones sangucheras a domicilio

Llámese «delivery» o el más criollo «para llevar», el sánguche en Santiago se ofrece como alternativa a una comida casera fome (cocinar a desgano es fomedad segura) o a una salida improbable. ¿Suena poco estimulante al paladar? ¿Suena como a quedarse viendo Video Loco el viernes a la noche? No debería.

Al margen de los clásicos teléfonos sangucheros -que los hay bien buenos- en este post destacaremos dos opciones que amplían nuestro mostrario de sabores:

Karachi
Pita, falafel, lechuga, salsa de yogur

Falafel: del Karachi Spice, es un pan pita con albóndigas de garbanzo y trigo bien fritas, crocantes, sabrosas sin ser pesadas. Receta vegetariana para carnívoros, sánguche contundente para dietistas. Una vía inteligente para enfrentar el apetito, estimular la curiosidad y no pasarse con la gula. Es recomendable mantener el papel de envolver porque la salsa de yogur es muy clara.  

Sánguche de Milanesa: frente a un video club (¿qué será de las cadenas de arriendos de DVDs en el futuro próximo?) a su vez flanqueado por un local de pizza al estilo EEUU, Don Pizza funciona como un testimonio de otro ritmo, otro gusto y otras expectativas. Como buenos uruguayos, no quieren pasar por mega-cadena, ofrecen su propia idea rioplatense de la pizza y, entrando en materia sanguchera, levantan las banderas que le han dado tanta alegría a ese lindo pueblo: el Chivito y el sánguche de milanesa.

Don Pizza también sabe de sánguches

 Pan frica, lechuga, tomate y mayonesa casera son el contexto en el que se destaca una linda milanesa recién frita. La carne no es tan delgada como en el caso de la clásica escalopa chilena, lo que le hace blanda y más fácil de masticar. No hay tirones, no hay fibras rebeldes.

El sánguche es contundente. Pero si le hace falta más, la carta ofrece versiones «napolitana» y «Don Pizza», que añaden queso, jamón, huevo, pimentón y salsas, dependiendo del pedido. Y tienen repartidor si el pedido lo justifica.

El falafel cuesta $2000 y el de milanesa $2450. No es caro, renueva la oferta y soluciona el cuasi-problema de sanguchear sin salir de casa.

Anuncio publicitario

Chacarero en el Imperio de Carmen con Marcoleta

Corte sagital de la marraqueta

Este lugar está emplazado en la intersección de dos calles que nos resultan queridas en tanto se mezclan con la historia cercana.  Y darían ganas que fuera uno de esos sitios imaginarios que describen las canciones malas. Pero como decíamos en el post anterior, nuestras sangucherías no son sitios donde pasar la tarde conversando cualquier cosa. Tienen una seriedad que este Imperio, el de calle Carmen, ejemplifica perfectamente.

Pedimos un chacarero -en churrasco, con ají y en marraqueta- y podemos dar cuenta de lo siguiente:

1. Imperio es un local impecable. Personal limpio, lugar prolijo y un proceso de elaboración a la vista muy confiable en términos higiénicos. Esto los pone en la órbita de sitios como el Sésamo, también impecable y profesional.

2. La elección del pan fue muy afortunada. Una marraqueta muy fresca y tostada justifica el sánguche. Hay también pan frica y molde.

3. Tal como se aprecia en esta (brumosa) foto, la dotación de porotos verdes fue generosa. El ají verde -optativo pero fundamental a nuestro parecer- se cortó ahí mismo y como toque final se aderezó con aceite de maravilla de marca conocida, dando el sabor esperado a un Chacarero, pese a no ser verano (época natural de este bocadillo).

4. El lugar, como decíamos, es pequeño y hecho para una estada transitoria. No obstante está bien puesto, decorado con buen gusto y creatividad. En resumen, demuestra cuidado de parte del personal y de la administración.

Este local está en calle Carmen 48, Santiago

El sánguche se come callado

La comida no es sólo preparación de alimentos, también es una manera de comer. Un conjunto de comportamientos que tienen algo de técnica y mucho de aprendizaje. Modales. Piense por un momento en lo siguiente: ¿cómo se debe comer un completo? Desde luego, hay personas con la capacidad para no ensuciarse en absoluto ni perder un gramo de comida -cuestión que exige práctica, disciplina y no poca concentración- pero en general cualquier sanguchero local sabría cómo enfrentar el desafío. Así como una mesa de mantel largo, con varias copas y variedad de cuchillos y tenedores puede confundir a un comensal no iniciado, un completo puede poner en jaque a alguien que no frecuente fuentes de soda.

La barra de la Fuente Alemana
Sentado, apoyado en los codos

Y así como hay modales, una manera correcta de proceder ante la comida y una combinatoria más o menos conocida de ingredientes, también la sanguchería chilena tiene un carácter específico en lo que respecta a la sociabilidad al momento de comer. Así como un café en Buenos Aires es largo (como para leer el diario), permite conversar con un amigo y se hace en una mesa con sillas, un sánguche en una fuente de soda chilena es un momento individual, más bien breve -aunque no puede ser tan rápido si el sánguche es grande-, apegado a una barra y más bien silencioso.

Es fácil encontrar ejemplos contrarios -en Elkika hay mesas y atienden garzones, así como en muchos lugares nuevos-, pero el punto es el siguiente: un habitante de este país sabe que comer en la barra del Ciro’s, del Dominó, o en el primer piso de la Fuente Suiza es una ocasión para la cual no hace falta reserva, tampoco es indispensable ir acompañado ni menos sostener una conversación de mesa. Por el contrario, podemos contar con un tiempo de espera de pie, nos bastan uno o dos asientos pegados  al mesón y no tenemos que esperar demasiado por nuestro pedido. Es una característica derivada de la contundencia del bocadillo -¿quién puede conversar largamente con el vecino si hay un Rumano en juego?- y de la agilidad que tanto clientes como mesoneros imprimen a la atención. Por eso las sangucherías nuestras abundan en metros de barra alrededor de la plancha del maestro y no tienen una oferta equivalente de mesas. Cosa de ver la disposición de la Fuente Alemana.

Pero hay algo más.

Nuestra forma de comer -con la mano a veces, otras con cuchillo y tenedor-, la ocasión sanguchera siempre improvisada, un cierto apuro propio de la comida urbana, la abundancia que caracteriza al recetario desde su exponente más humilde hasta las formulaciones más gastronómicas, redundan en un cierto silencio. Porque no se habla con la boca llena, porque hay más gente esperando asiento, porque andamos solos o con un acompañante igualmente silencioso, porque un sánguche nos ensimisma y nos fascina. Quizás sea esta la razón de comentar por escrito las experiencias sangucheras que tenemos, transitorias y siempre calladas.

Las buenas razones de Dalai Lomo

El nombre de este local es una prueba de sentido del humor. Y por cierto, la santidad de cualquier sujeto -budista o no, premio nobel o no- nos importa mucho menos que la constante renovación y ampliación de la oferta sanguchera. Ubicado en un sitio privilegiado -al lado de Junta Nacional, a la vuelta de las parrilladas La Uruguaya y frente al Parque Bustamante- este boliche tiene buenos argumentos para hacerse conocido, persistir en el tiempo y ser querido.

Pedimos un lomo palta-tomate, algo apurados. Recibimos un sánguche de diámetro importante con ingredientes frescos y un lomito cocido en un estupendo caldo que hidrata el pan. El sabor es original, el corte es pulcro y nos habla de buenos maestros. La atención es diligente y amable. Las mesitas y la barra están provistas de salsas de ají diversas, variantes de mostazas y también ketchup. Nos recordó el enfoque del Sésamo Express como una fuente de soda totalmente al día, pero que sin embargo se inspira más en el pasado sanguchero que en el período reciente de fast food. El momento de esta visita nos exigía una estadía breve, pero el buen lomito nos convence de volver. Hay churrascos, ases, completos y entre otras ofertas nos guiñó un ojo la especialidad de la casa: el Dalai, un sánguche de milanesa.

Ramón Carnicer 95, Providencia.

Sánguche de Arrollado en el D’Jango

Elogiar este sánguche y este sitio, lo sabemos, puede significar una concesión al guachaquismo turístico. El D´Jango es una estampa que se puede confundir con La Piojera. Pero no hay nada de esto. El lugar es una picada tradicional, añosa, con un entorno que muestra cuánto ha cambiado la ciudad en medio siglo. Pero turistas no va a encontrar. Oficinistas, empleados públicos, jubilados, transeúntes acostumbrados a llegar silenciosos en busca de sabores y olores fieles. Se comprueba que, si hay un sabor chileno, está adherido a las chuletas, el pernil, la malaya o el arrollado que se sirven en Las Tejas, el San Remo, Las Tinajas o La Pipa.

Homenaje a Franco Nero
Vía "De picada en picada"

Por $1.600 nos dieron con simpatía y prontitud una preciosa marraqueta colmadita de arrollado. Pan con arrollado, porque con la malaya nos fue mal (se les había acabado). En el pan, un chorrito de aceite. En las cubas -costumbre chilena que vuelve ridículamente cada 18, pero que aquí es el estándar- tiene usted disponible un pocillo con sal y una fuentecita de pebre picante. Hay agregado de palta si usted quisiera, por $500 más. Los demás clientes eligen cañas de vino y alguno pide una malta.

Todo está muy fresco, los sabores -contra lo que dice el prejuicio- son más bien suaves y nada de pesados. Contundente, claro, pero todo amistoso. Una parte fundamental del almuerzo es la amabilidad de los comensales, la consideración con que se pide permiso para compartir el pebre, la conversación alegre -no esa alegría chilena eufórica ni avasalladora, sino los modos afables que algunos creen ingleses- cargada al recuerdo. Por ejemplo, que nuestro vecino viene al D’Jango desde 1980, y que pasa a almorzar cuando sale de su pega, antes de irse a su casa (donde va a pedir almuerzo de todas maneras). Que antiguamente venía con un jefe buena onda que invitaba. Que a pocas cuadras hay también otros lugares arrinconados que cultivan esta cocina semi-urbana, semi-rural. Hacemos memoria: dónde más se prepara bien el arrollado con papas cocidas.

No hay que ser muy aplicado para notar que lugares como el D’Jango se extinguen. Que si los dueños pensaran en jubilar, por ejemplo, ese sería el final. No vale la pena falsificar una tristeza abajista ante este futuro. Lo que sí vale la pena es pasar , andando por el centro en trámites, por estos sánguches generosos y nada de caros.

La Sanguchería Nacional viene a casa

Algo distinto: en lugar de ir a terreno para conocer la Sanguchería Nacional, los buenos de C. y P. fueron a buscar una comida completa al lugar y la trajeron a la casa. De esta manera, el comentario se concentra en la comida y omite la ambientación y servicio del lugar (lo dejaremos pendiente).

Curiosamente, una cosa tan habitual como una sanguchería ha pasado a ser sospechoso. ¿Es un proyecto orientado por la moda o la onda guachaca chic? En otras palabras: ¿nos vamos a encontrar con un lugar convencido de lo que ofrece o más bien será otro de esos sitios que pondrían un sushi, una taquería o lo que fuera dependiendo del gusto de la estación? Al llegar los encargos, la duda queda despejada: en la SN la apuesta está bien pensada, es lógica y no tiene dobleces. Mire cómo envuelven los sánguches y estará de acuerdo con nosotros que están aplicando la sabiduría popular.

envuelto como empanada

 Vamos a lo medular: el pedido incluyó unas sopaipillas de formato original, útiles para ponerles pebre, así como unas (ricas) empanadas fritas de carne mechada deshilachada. Son ideas nuevas sencillas de interpretar y que aspiran a mostrar la creatividad de la cocina. Los cuatro sánguches: churrasco italiano, churrasco italiano con ají verde, un arrollado tomate palta y una mechada Nacional (receta propia: queso, tomate, palta, mayo y salsa verde).

El pan es amasado, lo que tiene dos consecuencias: es firme pero la falta frescura. Uno podría confundir su miga densa con un pan frica del día anterior. No obstante, no hay relleno que ponga en peligro el armado de los sánguches. La presentación es alegre, moderada en sal y se reconoce fácilmente como un sabor propio.

Nuestro testimonio sobre el arrollado señala que está preparado artesanalmente -mayor valor añadido- y cocinado con alguna precaución para no acentuar en exceso la sazón que ahuyenta a los comensales (el ajo, el comino). Sobrio, tierno y de buen tamaño. Como estábamos en casa, con todo a mano, añadimos una salsa de ají bien picante y algo de cilantro para aportarle colores vivos a una mezcla que lo merece.

En la escuela del San Remo

Un lugar, en suma, que inserta el recetario sanguchero de Chile en una carta con entradas y postres. Este apronte casero nos anima a planificar una visita para completar el cuadro.

Tavola: calidad gourmet con precios de picada

Gracias a un comentario que nos dejó Paula (a quien le estamos muy agradecidos), una noche en Vitacura se transformó en un momento difícil de olvidar. Y en un dato que necesitamos difundir por gratitud y calidad.

Entre comida tex-mex, pubs sacados de contexto, malls y avenidas de alto tráfico, ¿qué puede ofrecer la comuna de Vitacura a un sanguchero curioso y a estas alturas algo malcriado (es decir, que no quiere pagar 4 lucas por un churrasco en pan de molde)? Puede, orgullosamente, ofrecernos Tavola. Está en una esquina de Av Kennedy Interior con Las Tranqueras, en un curioso espacio en que Vitacura se parece a muchos otros barrios de Santiago. Qué encontramos: un lugar que quiere atraer al público porque sabe que tiene algo bueno, que ofrece delivery sabiendo que el vecino del sector puede valorar más la comida que el lugar (es una zona de la ciudad consagrada a la familia nuclear, de edificación bajita y con veredas arboladas: es algo porfiada), una carta de cervezas que sobrepasa la oferta tradicional y un chef en la cocina. No es un maestro sanguchero formado en la plancha, sino un cocinero atento, culto y que demuestra estar movido por un cariño genuino hacia sus recetas, que se transforman en sánguches.

Por esta razón, la oferta es directamente gourmet, en la misma hebra que las sangucherías gastronómicas que hemos visto emerger en los últimos 3 años en Santiago. El menú sanguchero incluye, sin hacer distinciones innecesarias, lomitos, carne vacuna, hamburguesas, pollo thai, camarones, carne mechada, vegetales, pernil y lengua. Digo que no hay una distinción entre influencias exóticas (brasileras o mediterráneas, por señalar dos que están explícitas) y locales, pues el local apuesta a las síntesis. Por eso quisimos saber -y nos dio mucha hambre, que es otro factor interesante- qué tenían para ofrecer en el tradicional sánguche de Lengua.

Llega en una marraqueta -que fue nuestra selección, pues el lugar ofrecer 3 o 4 opciones de pan y esto nos dice que lo veneran tanto como nosotros- que ha quedado pálida con tal de ser muy blanda. El corte de la marraqueta fue aprendido de Ciudad Vieja. Aquí la primera cita del autor. La lengua está suavísima, sabrosa y puesta con elegancia en varias rebanadas. Sobre ella, toda una ensalada de lechugas impregnadas en un aliño untuoso, casi invisible, pero que actúa como quien recrea el efecto de la palta (esa suavidad aceitosa y vegetal que nos fascina). En lugar de poner tomates frescos, la apuesta son los tomates asados que están hidratados y perfumados, que ponen algo más de textura a un sánguche que nunca ha querido pasar por vegetariano. Para concluir, la cubierta del sánguche viene untada en una tártara digna de elogio: la estupenda mayonesa (una versión del local que logra la consistencia de la mayo de frasco con un sabor que parece casero) acoge cebollitas perla y pepinillos que han sido trozados en la tabla del cocinero. No es pickle molido de bolsa, porque el matrimonio principal es entre la lengua y la tártara, de modo que no es un detalle: es una marca del autor.

Inesperadamente, el plato viene con una generosa porción de papas fritas y mayo al ajo (no es exactamente un all-i-oli), que tiene también el testimonio de haber visto lo que ofrece Maldito Chef en este punto (un corte largo que usa la cáscara para añadir un sabor más a este estándar de la comida rápida, un salado que combina -nos pareció- ajinomoto y sal). Claro que las fritas de Tavola son más grandes. A esta altura, estamos rendidos: Tavola nos emociona porque su testimonio es que para ser gourmet no hace falta fingir un acento o presumir, sino querer sinceramente las recetas que se preparan, tenerles respeto y ofrecerlas generosamente al público. Eso es una adultez gastronómica que muchos otros deliverys ni siquiera imaginan. Y nos atrevemos a decir que hay varios restoranes mucho más inseguros de su carta, como un estudiante con crisis vocacional.

La vocación de Tavola -es decir, de quienes están detrás- se nota también en una oferta de cervezas artesanales e importadas que permitiría multiplicar las experiencias que contienen sus platos. Pese a que no tenían un par de variedades que nos tincaban para acompañar el sánguche de lengua, igualmente pudimos pedir una botella de Mestra rubia que hizo su papel de manera óptima.

En fin: por méritos propios, Tavola es un lugar totalmente recomendable en materia sanguchera. Por comparación con su entorno, es un gourmet de barrio que debería animar a quienes todavía se preguntan si será posible construir algo sobre cimientos sangucheros. Por su clara admiración hacia José Luis Merino y otros exponentes de la gastro-sanguchería santiaguina, es un testimonio de la gran idea que es la cuarta generación del recetario sanguchero. Debe estar tranquilamente entre las 3 mejores relaciones entre precio y calidad de todo Santiago (siempre que no esté buscando ortodoxia).

Y si se me permite una línea de confesión, Tavola le aportó un momento de alegría inesperada y abundante a una jornada que ya era inolvidable. Nuestras felicitaciones al equipo del lugar, y a usted -lector/lectora- nuestra recomendación. Pruebe en Las Tranqueras 1032. Llame al 2200176.

Juan Maestro: escapando de la comida chatarra

Mediodía en un centro comercial. En condiciones de apuro (no es que uno tenga poco tiempo: está apurado, que es peor), la comida rápida ofrece una solución atractiva. Con 15 minutos por delante, alcanza para hacer la fila, pedir, pagar, esperar la bandeja, ir a una mesa, comer y botar la basura. El estómago sentirá una saciedad razonable, la movilidad retorna y la vida prosigue.

Ya puestos en el patio de comidas, enfrentamos la elección de un lugar: en materia de sánguches se puede distinguir con luces propias al Burger King, quien ha prevalecido sobre otras cadenas gringas. En la oferta de origen nacional, contamos al Dominó -quizás la versión más pálida de la cadena de fuentes de soda está en los malls-, el baratísimo Doggi’s (aclaro desde ya que esto no es un elogio, pero es notorio que saben cómo vender) y su primo Juan Maestro.

La oferta de panes es breve: lomito y churrasco italiano, chacarero, Barros Luco. Bebidas, papas fritas y empanadas fritas de queso. Hay un gesto que nos llama la atención: hay jugos de fruta en jarro, sobre el counter, a la vista del comensal, dentro de una cubeta con hielo, tal cual como hacen en el Dominó. Cuatro variedades. Nos fuimos al churrasco italiano, empanada y bebida.

Pucha que han estudiado

Podemos destacar que los ingredientes son el principal argumento del sánguche. El individual de papel lo reafirma cuando pone: «carne y verduras no congeladas, mayo de receta casera, pan recién horneado». No está mal. La palta no está demasiado molida, de forma que el comensal pueda apreciar los trozos que dan fe de provenir de una planta y no de un sachet (como la comida chatarra miente a menudo, Juan Maestro debe estar siempre dando prueba). Sólo tres rebanadas de tomate y una mayonesa abundante pero escurridiza completan la receta.

¿Sabe a comida chatarra? No. Los sabores son honestos, sin exceso de sal, de temperatura apropiada. Han seleccionado proveedores capaces de subir la puntería , supongo.

¿Qué se puede mejorar? El pan se entrega verticalmente como si estuviera dentro de un cucurucho, favoreciendo que la mayo y parte de la palta se escurran hacia abajo. Nos recuerda esos tacos o pitas abiertos por un lado, como un bolsillo. El sánguche como debe ser (tal es el slogan de la cadena) se entrega en un plato. Lo segundo: el pan es indudablemente fresco y de buen sabor, pese a lo cual llega pálido y feble. El pan es el fundamento de un sánguche, de modo que necesita una textura firme y una porosidad que atrape los jugos (es decir, los sabores) sin deshacerse.

Ayer una lamentable nota periodística intentaba establecer en la llegada de la comida rápida gringa -de la que el extinto Burger Inn fue el primer intento- un corte entre la vieja y la nueva costumbre sanguchera santiaguina. Ahí, dice el redactor, comenzó una nueva era de cultura sanguchera que actualmente (esta sería la novedad) vive un nuevo impulso chic o hamburguesamiento. Discrepo en muchas partes y por muchas razones de una idea así («fricandela-burger inn-Mr Jack»), que desconoce el campo sanguchero local y lo acota al terreno más gringo, como evitando el mestizaje. Pero para lo que nos importa en este post, Juan Maestro es un  refinamiento o mejora del Doggi’s -un local que nunca comentaremos ya que no tenemos nada bueno para decir de él- que no está siguiendo al McDonalds ni al Burger King como referencias. Su modelo es el Dominó y, por tanto, nos dice que un buen estándar local (palta, americana, jugos de fruta, buen pan) ha desplazado a un estándar chatarra. Eso también es crecimiento, desarrollo y vitalidad.

Un kiosko en San Fernando (colaboración de Cuncuno)

Cuncuno hizo la ilustración que identifica a sánguches y además ofreció colaborar con un texto. Es un amigo de la casa que tiene una extraña idea de cómo afrontar un bajón de hambre.

Bajoneo bucólico pastoril, por Cuncuno

Por mi condición de estudiante provinciano, la mayoría de los artículos de este blog se me presentan como vitrinas de cierto piso de diseño en un concurrido centro comercial. A menudo me he quejado con el administrador por no darle peso necesario a aquellos coléricos y poco salubres establecimientos que brotan en la capital (a excepción de un par de notables datos). Pero detrás de esta línea editorial veo una lógica razonable; lo que se come en estos locales suele ser una versión grotesca y mutante de las recetas originales, producto de ecuaciones capitalistas que intentan complacer cantidad y precio; a costa de calidad y en muchos casos, salud.

Pero no todo está perdido, existe un lugar en las afueras de Chile llamado «provincia»; en este caso me referiré específicamente a la comuna de San Fernando, mi lugar de origen y lavadora personal.

Corría un fin de semana un tanto agitado, creo que fue una noche previa a las últimas elecciones; como era de costumbre, la juventud sanfernandina consumía alcohol independiente de las más estrictas prohibiciones. Pasada la una de la mañana, la banda de turno comenzó a aburrir con un repertorio prehistórico y un par de peleas de bar gatillaron nuestra salida en busca de algo para comer y seguir conversando en el auto.

Fuera del concurrido bar, San Fernando parecía ser un desierto aún más deprimente de lo normal, y no encontrábamos alguno de los típicos sucuchos abiertos; los efectos de la marihuana en el chofer potenciaron una desesperada búsqueda de comida fuera del redil de seguridad que supone el casco viejo de la ciudad, para terminar adentrándonos en barrios más recientes; frutos de traslados de campamentos a mediados de la década pasada.

Después de perdernos entre la nieba y las calles carentes de señalización y planificación damera, una tímida luz titilante se nos presentó de golpe. El lugar se trataba de un humilde kiosco ampliado precariamente y atendido por dos señoras con la oferta regular de sánguches y completos, bebidas de origen alternativo y papas fritas.

La provincia ilustrada tiene algo para usted

Y he aquí donde se nos presentó el primer golpe: el precio. Un italiano de tamaño y proporciones más que regulares a $750. El resto de los precios seguían una lógica similar, pero después de tanta cerveza no quisimos ahondar en algo más ostentoso, independiente de lo económico que era.

Segundo golpe: la calidad. El pan era consistente y con una cantidad razonable de sal, la palta poseía su solidez habitual y el tomate sabía a tomate. Las vienesas eran bastante normales para un local de estas características. Mientras las señoras preparaban las órdenes, notamos que no recurrían al vil truco de hacer rendir la palta y los condimentos. Es más, la cantidad de palta era tal que una de las acompañantes pidió menos (para luego ser debidamente abucheada por el resto del grupo).

Mientras consumíamos al ritmo de la Radio Tropical Latina, conversamos con las señoras, quienes nos contaban cómo manejaban el negocio usando proveedores del mismo barrio, o incluso ingredientes de su propio huerto. Contaban que no buscaban hacerse millonarias vendiendo completos, pero la buena fama del kiosco lo mantenía con buenos dividendos, no teniedo que arriesgar a comprar ingredientes inconsistentes ni inventar monstruosidades de barrios universitarios. El comercio y la producción local mantenían al boliche en números verdes, atendiendo desde un patio trasero en una zona bastante poblada, sin comprometer la calidad. Así de simple.

El golpe final fue la expansión estomacal que pudo dejar un simple italiano de no más de 20 cms, cuando es preparado con la apropiada calidad y el cariño de las viejitas (que eran bastante simpáticas; el canábico chofer hasta bailó cumbia con una de ellas). No todo está perdido, señores; mientras el chileno no entienda que el dinero no es el fin ultimo en la vida y recurra a un sinnúmero de artimañas para conseguirlo y aspirar a modos de vida importados (ya sea en su versión yankee hiperconsumista o en la fantasía neo-socialista de alta costura). Un par de señoras nos enseñaron que un endeble kiosco perdido en la niebla hacía más que una cadena de comidas o el último boom de la gastronomía con turismo social. Porque el kiosco sabía lo que hacia, lo hacía bien y no pretendía ser otra cosa.

Identidad, simpleza y una lección de vida en un pequeño pero contundente italiano.